martes, 24 de julio de 2012

Ecuador 41: Las extraordinarias cosas de Mahikari

En un relato anterior que titulé “La cámara de video, Mahikari y ECO-92” conté con detalles un hecho por demás curioso: la pérdida y posterior recuperación de una cámara de vídeo que olvidé en un taxi en Río de Janeiro durante la Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente.

Mi esposa Marie Thérèse le había trasmitido energía a la cámara, antes de mi viaje al Brasil, con el argumento de que así evitaría que la pierda o que me la roben.

Ella trasmitía energía a las personas (y a las cámaras) pues siguió un seminario de una práctica de origen japonés llamada Mahikari.

Mi mujer había conocido Mahikari a mediados de 1991 y pudo asistir al seminario que he mencionado, en enero de 1992.

Quién le puso en contacto con esta disciplina que se conoce también como el “arte de Mahikari” fue una amiga belga, Hilde Buys, madre de familia del colegio La Condamine, donde trabajaba Marie Thérèse. Allí estudiaban los cuatro hijos de la familia Buys: Sven, Sara (compañera de mi hija Manon), Samuel y Sigfrid (compañero de mi hija Manuela).

Hilde y su esposo Jos, arqueólogo de profesión, vinieron a América Latina enviados por la cooperación belga. Su primer destino como cooperantes fue el Perú; la joven pareja de recién casados residía en el Cuzco; allí Jos se encargaba de una serie de tareas referidas a su profesión y tuvo a su cargo importantes excavaciones arqueológicas y otras actividades académicas.

Jos había conocido Mahikari en New York años atrás e Hilde, en esa época su novia, pudo asistir a un seminario (semejante al que asistió mi mujer) en Bruselas, antes de casarse y partir para el Perú acompañando a su esposo.

Los primeros hijos de la pareja nacieron en el Perú y los dos menores en el Ecuador pues, luego de algunos años de permanecer en territorio peruano, Jos fue transferido a Quito donde vivieron también por varios años.

Un día, mi mujer estaba con una gripe terrible… a  pesar de ello, fue  a trabajar al colegio… allí se topó con Hilde y ella le ofreció una dosis de energía para ayudarle con su catarro, su tos y el malestar general…

Cuando regresó a casa al medio día para el almuerzo, me admiré al verla totalmente restablecida… en la mañana, la había visto salir casi sin poder tenerse en pie y cuatro o cinco horas después, la encontré como nueva…

Me comentó que Hilde Buys le había hecho una especie de imposición de manos y que los síntomas de la tremenda gripe que le aquejaban, prácticamente habían desaparecido de inmediato… ya no tosía, ni moqueaba y se sentía perfectamente bien…

Esa mejoría casi instantánea no dejó de parecerme extraordinaria, le pedí que me explique algo más, pero no pudo contarme gran cosa… sólo recordaba que durante el recreo, Hilde le había pedido que cerrara los ojos, dijo unas frases incompresibles (que después supimos, eran en japonés) y le trasmitió energía con las manos por unos diez minutos… cuando abrió los ojos ya se encontraba mejor, pero no pudo pedirle más detalles pues tenía que volver al trabajo…


Nosotros teníamos una perra setter irlandesa llamada Ashca que estaba preñada y a punto de traer al mundo a su descendencia; nos preocupaba sin embargo, que en esa semana le había aparecido una especie de tumor cerca de la vulva, una bola con ramificaciones semejante a una coliflor, de color rosáceo, bastante desagradable de observar y que crecía a ojos vista de un día al otro...

Como Marie Thérèse se sentía cargada de energía llamó a la perrita, hizo que se tendiera a su lado, le alzó la cola y comenzó a trasmitirle energía como Hilde había hecho con ella.

Parece cuento… pero al llegar a casa en la noche, mi mujer me salió a recibir para contarme: primero, que ya no tenía nada de gripe y, segundo, que la bola de Ashca se había reducido a la mitad. Le volvió a dar un dosis antes de irnos a dormir… créanlo o no, a la mañana del día siguiente, Ashca no tenía rastro de aquel extraño apéndice.      

Mi mujer contaba estas historias curiosas, a todo el mundo…. Una amiga nuestra, Sylvie Esquerré, también profesora de La Condamine, que padecía de insomnios, fue a ver a Hilde, recibió su “famosa energía” y en cuatro o cinco sesiones se mejoró de aquel problema…

Varios meses después, en enero de 1992, Hilde les comentó que un profesor japonés iba a venir a Quito para dictar un seminario de Mahikari. Marie Thérèse y Sylvie naturalmente, se inscribieron y aprendieron a trasmitir energía con sus manos.

En los meses siguientes se abrió en Quito un “dojo” para la práctica de Mahikari. Pude conocer que “dojo” en japonés significa “lugar de práctica”, por eso los lugares donde se practica cualquier tipo de arte marcial, también se denominan así. Existen “dojos” de karate, de aikido, de judo, de jujitsu, de taekwondo, etc.

Maité y Sylvie iban con frecuencia al dojo de Mahikari. El concepto era que “sólo a través de la práctica”, las personas pueden avanzar en cualquier tipo de arte, mejorar su técnica, adquirir experiencia y verificar sus progresos y adelantos. Las dos me hablaban permanentemente de las bondades de esta disciplina, de las maravillosas experiencias de la gente y de las enseñanzas que habían recibido.

Maité también me trasmitía energía esporádicamente y yo relataba a mis colegas y amigos lo que ella me contaba sobre Mahikari pero no quería saber nada de asistir al Dojo ni aventurarme en una estructura que me parecía próxima a las prácticas rituales y religiosas que había abandonado hace tanto tiempo.

La experiencia que viví en Río en junio de 1992 cuando perdí y luego recuperé mi cámara durante la Conferencia ECO-92 (que he contado en un relato anterior) contribuyó a modificar mi visión -cerrada e intolerante- respecto a Mahikari. Esta anécdota se incorporó a las historias que yo contaba sobre Mahikari pero, seguía sin pisar el dojo, ni conocer a sus habitantes.

Unos meses después, en enero de 1993, se organizó en Quito un nuevo seminario de Mahikari.

Como yo hablaba con convencimiento de aquella práctica y de sus asombrosos resultados, dos de mis colegas de trabajo se inscribieron para aquel seminario. Sin embargo a último momento decidieron no asistir. Me pareció raro que hubiesen desistido de ese propósito, me sentí mal por ello, pensé que alguien de la oficina debía aprovechar esa oportunidad… así que, simplemente, fui y me inscribí. Era un jueves en la tarde. Al día siguiente asistí al primer día del seminario y el domingo salí con una serie de conocimientos novedosos y un montón de energía a cuestas.

El profesor nos advirtió al iniciar el seminario que tratáramos de escuchar con  espíritu abierto y no con la racionalidad de la cabeza, que evitásemos oponer ideas, creencias u opiniones a lo que íbamos a escuchar. Creo que así lo hice; tanto a que no tuve problema alguno, dudas o cuestionamientos respecto a temas que podían ser opuestos o chocantes con todo lo que había vivido, aprendido o conocido hasta ese rato. 

Dejé de lado visiones occidentales y racionalmente cartesianas de una serie de cosas y escuché con mente abierta como un niño. Todo me pareció natural y coherente. Así lo sigo creyendo hasta ahora.

Creo que dos cosas adicionales me han ayudado a mantener esa posición hasta ahora. Primero el haber vivido una serie de experiencias inexplicables que me han conducido a constatar que, aunque no se la pueda ver, una fuerte energía, sale de nuestras manos y puede direccionarse y ser usada para limpiar todo (al igual que el chorro de agua que sale por el pitón de una manguera) y de otra parte, el convencimiento de que esa energía puede ser útil para ayudar a los demás, tema que siempre fue una preocupación mía desde ámbitos tan variados como la política o la práctica profesional.

Es curioso pero ese convencimiento que en cierta forma lo sentí desde que asistí al seminario de Mahikarí, fue impulsado y apoyado por dos personas muy distinta. La primera fue una vidente que conocí en medio de una serie de extrañas circunstancias que relataré en otra ocasión y la segunda fue la propia Hilde Buys.

En esta ocasión voy a contar cómo ella me dio ánimos para trasmitir energía a una prima mía que había sufrido tres aneurismas cerebrales y se encontraba en coma por más de quince días.

Hilde me relató una experiencia personal semejante y me empujó para concurrir al hospital, entrar a la sala de terapia intensiva donde se encontraba mi prima y trasmitirle energía con el convencimiento de poder ayudarla.

Debo comenzar relatando que el 29 de octubre de 1993 recibimos una noticia penosa, mi prima Maricarmen acababa de sufrir un derra­me cere­bral; ella que tenía un hijo de un primer matrimonio, se había casado nuevamente y acababa de dar a luz a su segunda hija… ya estaba en su casa, aparentemente sin ninguna complicación, cuando de improviso en la mañana de ese día, simplemente se desplomó.

Entró a cuidados intensivos en el Hospital Metro­politano; fue internada por emergencia, no teníamos en un principio, informes precisos pero aparentemen­te, el cuadro era bastante grave. Mi primo Juan José, es médico y se trasladó de inmediato al hospital para atender a su hermana.

Mis otros dos primos Pablo y Lucho -sus otros hermanos- estaban en los Estados Unidos con sus familias, cursaban cada uno de ellos una maestría, en diferentes ciudades de ese país. Juan José les comunicó lo que acontecía y también yo les escribí un par de veces para mantenerles al tanto de la evolución de su hermana.

El 3 de Noviembre (4 días después del derrame cerebral) Maricarmen seguía en estado de coma, no había ningún tipo de modificaciones alentadoras en su estado de salud. El neurólo­go que la atendía sugirió que siga en cuidados intensivos sólo hasta ese día. No había nada más que se pudiera hacer; iba a seguir recibiendo suero y oxíge­no pero en una habitación normal.

Según el doctor, lo único que se podía hacer es seguir espe­rando y “confiando en Dios”. Fue duro escucharle decir eso… Él añadió –“Ante estas cosas, el "más allá" es el único sitio a donde podemos voltear los ojos”. Uno se siente verdaderamente pequeño ante esas situa­ciones.

Yo no sabía por qué, pero, todavía esperaba algo... ¿podría decir­se, un milagro?... No sé... (En los últimos tiempos había recu­perado o me ha renacido algo parecido a la fe).  Hay cosas que uno siente como pis­tas... quién sabe... Simplemente parecía que debíamos esperar...

Sin embargo desgraciadamente hasta el 10 de noviembre (11 días después del derrame), no habíamos recibido ninguna noticia halagadora respec­to a la salud de mi prima. La familia decidió trasladarla a la unidad de terapia intensiva del Hospital Carlos Andrade Marín del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS). El doctor no dio falsas esperanzas pero recomendó totalmente el traslado a  ese hospital pues en cuidados intensivos tenían los mejores equipos y el personal más capacitado.

El 15 de Noviembre (16 días después) ya en el hospital del IESS, el estado de Maricarmen no presentaba síntomas alentadores (seguía sin ningún tipo de movimien­to, no hablaba, aparentemente no escuchaba y no reaccionaba al dolor ni a otros estímulos). Juan José nos comentó que en su ficha clínica, donde en días anteriores decía “grave”, se podía leer la palabra “estable”. No sabíamos cuan alen­tador podía ser el cambio de esas dos palabras pero, según los médicos, se debía seguir "esperando y confiando".

En una cena a la que asistimos con nuestros amigos Buys, Hilde me preguntó por el estado de mi prima, le comenté que no había evolución y no teníamos mayores esperanzas. Incluso su hermano estaba bajando los brazos y trató de preparar a su mamá para un desenlace inevitable.

Hilde me dijo categóricamente: -“Tienes que ir al hospital y trasmitirle energía a tu prima”… añadiendo a continuación: -“Voy a contarles algo que no me gusta recordar pues fue muy impactante para mi, pero creo que debes oírlo…”

Hilde contó que cuando llegaron al Cuzco, Jos salía todos los días, desde muy temprano, a sus actividades arqueológicas y ella permanecía en la casa dedicada a labores domésticas… como ya había seguido el seminario de Mahikari, de vez en cuando trasmitía energía a la empleada doméstica, a la señora de la tienda, al guardia de la esquina y a cualquier otra persona que lo requiriera… Parece que como los resultados siempre eran interesantes, se corrió la voz y muchos vecinos y amigos también le pedían que les ayudara trasmitiéndoles una “dosis” de energía que, en japonés se suele decir trasmisión de “okiyome”.

Un día, una de estas personas vino a verle pues tenía un pariente que había sufrido algún percance de salud y se encontraban en “estado de coma”; le pedía que fueran juntas al hospital para que Hilde pudiese dar una “dosis de okiyome” al enfermo.

Según Hilde ese pedido no le hizo mucha gracia, pues ella estaba a apocas semanas de dar a luz a su primer hijo, se movía con dificultad y el médico le había recomendado no hacer esfuerzos, ni subir o bajar gradas…

Sin embargo sucumbió al pedido de su visitante y terminó aceptando hacer el desplazamiento hacia el hospital público del Cuzco donde se hallaba el paciente.

Dice que su visita a aquel hospital fue muy impactante… el enfermo no estaba en una habitación individual sino en una sala común de cuidados intensivos rodeado de todo tipo de pacientes críticos y de enfermos terminales… cada caso, más dramático que el otro…  

Estuvo a punto de abandonar su firme decisión de ayudar y en varios momentos sólo pensó en salir corriendo de ese sitio…. Sin embargo su acompañante insistía y prácticamente la halaba hasta el lecho de su pariente enfermo…

Llegó hasta allí cerró los ojos para medio olvidar la terrible experiencia de su paso por un corredor interminable con camas de enfermos críticos de lado y lado… y se concentró en lo que había venido a hacer…

Según nos contó, ella comenzó a entonar las palabras previas en japonés y curiosamente el enfermo reaccionó  de inmediato, moviéndose un poco y repitiendo la última sílaba de cada frase que Hilde iba recitando….

A ella no le pareció nada extraño ese asunto…

Hilde le trasmitió “okiyome” con la mano derecha sobre su frente, por cerca de veinte minutos y cuando iba a retirarse, dijo unas palabras finales con las que se suele anunciar que la trasmisión concluye…

Para asombro de todos, el paciente se incorporó, frotándose la cabeza con las dos manos y bostezando al mismo tiempo… parece que  con voz cansada dijo simplemente: -“ay… qué rico he dormido…”

Hilde casi se desmaya cuando, después de gritos y llantos de todos los presentes (incluidos médicos y enfermeras)… le contaron que esta persona no había hablado, ni había hecho ningún movimiento por meses… había estado en coma profundo por más de un año…

Hilde todavía temblaba al contarnos esta experiencia impactante… Pero  me alentó a ir al hospital y tratar de trasmitir Okiyome a mi prima. 

Al día siguiente me armé de valor y aunque en el hospital son muy estrictos en esto de las visi­tas a las personas internadas en el área de cuidados intensivos, pedí autorización y entré hasta donde estaba Maricarmen para trasmitirle okiyome.

Esa primera visita fu muy dura para mí. Ella estaba totalmente rapada, lívida como un cadáver, entubada y llena de sondas, cables y sueros y con un diente roto que supongo, se fracturó al caer desmayada. Lo más duro era que sus ojos, aunque abiertos, estaban volteados hacia atrás; las pupilas se escondían detrás de los párpados y solo se podían observar dos bolas blancas vidriosas, sin signos de vitalidad ni expresión… 

Temblando por esa visión y por el ambiente tétrico de aquel espacio, le trasmití okiyome por algo más de quince minutos. Estaba en eso cuando sonó una alarma en los monitores de la cama adyacente, llegaron corriendo médicos y enfermeras y me desalojaron de la sala.

Llegue muy golpeado a  la oficina… me tomé un trago doble de whisky pero aun así, no paraban de temblar por la visión tan impactante que tuve que  sobrellevar esa tarde.     

Al principio no supimos qué resultados se pudieron haber producido luego de mi trasmisión de okiyome… sin embargo ese momento era todo lo que se podía hacer…. Curiosamente yo seguía manteniendo una especie de esperan­za, una suerte de fe. Creía que mi prima debía estar luchando por vivir y no abandonar a sus hijos. Debíamos esperar.

Volví a trasmitirle okiyome en dos ocasiones más. Sin embargo no hubo ninguna mejoría ni signo esperanzador.             

El 22 de Noviembre (23 días después del derrame) volví nuevamente al hospital le trasmití okiyome, pero no aconteció nada. En la tarde tuvimos noticias -no se si excesivamente alenta­doras- pero si bastante significativas; parece que en algún momento, ella emitió un quejido. Para los médicos, ese "ayayay" era un indicador positivo pues mostraba por una parte que sentía el dolor y, por otra, que podía expresarlo verbal­mente, ligando lo que estaba sintiendo con una necesidad de comunicación y expresión. Oswaldo el esposo de mi prima me llamó para comentarme esta informaciòn y pedirme que vuelva a trasmitirle okiome a su esposa.

Eso me dio nuevos animos y el 25 de Noviembre (26 días después del derrame) fui nuevamente al hospital. Me metí de colado como las otras veces y me topé con que la habían trasladado de terapia intensiva a la sección de neurología. Si bien no había síntomas de mejoría, la temperatura que algún momento se presentó debido a un proceso infeccioso había sido controlada y estaba respirando normalmente sin necesidad de respirador artificial. Entré a neurología y pasé a verla en su habitación. Repetí con voz firme las palabras en japonés que se suelen entonar antes de  trasmitir la energía y, mientras lo hacía, le hablaba, le explicaba lo que estaba haciendo, le conté que ya lo había hecho en otras oportunidades cuando se hallaba en terapia intensiva. Le dije algo respecto a que me alegraba que estuviese en otra sección porque ello mostraba que estaba recu­perándose. Noté que sus ojos se movía, pude ver sus pupilas… su mirada era diferente, expresiva. Me veía.

Seguí hablándole y trasmitiéndole okiyome; le hablé de su mamá, de su marido, de sus hijos, de sus hermanos, del cariño que le tenían, de lo preocupa­dos que estaban y de lo contentos que se pondrían al saber que la había visto mejor. (Y era cierto, ya no tenía una mirada inexpre­siva, perdida. Me estaba viendo).

Le repetí lo mucho que la queríamos. Soltó dos gruesas lágrimas. Le tomé la mano y sorprenden­temente, apretó la mía. ¡Casi me desplomé, tenía un nudo en al garganta y por varios minutos no pude decir nada!

Logré controlarme y seguí hablándole; le dije que esas lágrimas eran un síntoma de que se recuperaría; que todos sabíamos que estaba luchando por vivir: por sus hijos y por todos los que la queríamos. Le hablé de que debía tener fe. Le conté que en su familia desde que ella cayó enferma, todos habían adquirido la costumbre de pedir por ella y por sus hijos.

Seguí trasmitiéndole okiyome unos veinte minutos más… al finalizar y despedirme, débilmente me dijo: -“¡gracias!”... y, haciendo un gran esfuerzo como para incor­porarse, me dijo débilmente pero con claridad: -“¡saluda a la María Teresa y a las guagua!”…

Lloré. Ella se dio cuenta y también lloró. Le volví a tomar la mano y le dije que me despedía para comuni­car a todos que estaba mejor, que se iba a recuperar.

A los pocos días Maricarmen dejó el hospital. Había logrado salir de su estado tan delicado.

El 23 de Diciembre (52 días después del derrame) la llamé para tener noticias y desearle feliz navidad. Conversaba con normalidad… me contó que experimentaba una lenta y paulatina mejoría general, tenía solo un pequeño problema de movilidad en uno de sus brazos y en una pierna, todavía los movía con cierta dificultad; pero en el resto de su organismo todo estaba bien.

Luego de esa terrible experiencia, mi prima pudo retomar su vida doméstica casi con total normalidad; no quedó del todo bien de su pierna, camina con ayuda de un caminador y tiene una dificultad en uno de sus brazos que mantiene pegado contra el cuerpo, pero en los años siguientes recuperó el resto de sus funciones vitales, tuvo una segunda niña y un varoncito que ahora ya son adultos y por supuesto adoran a su madre.

Esa es la historia, Los médicos hicieron lo suyo y yo puse algo de buenas vibras, supongo que las cosas se “alinearon” como los planetas y todo aconteció como debía acontecer.

Asuntos inexplicables, con los que es mejor no meterse. Como decían las abuelitas, “¡por algo será!”… Mejor no buscar explicaciones… Lo más seguro es que quién sabe…  

5 comentarios:

  1. Increible , tambi{en yo acabo de experimentar algo similar con una jaqueca muy fuerte la misma que desapareci{o luego de recibir la purificaci{on. Me llamo Telmo , Dr en Psicologia Clinica y bioenerg{etico he hecho imposicion de manos a mis pacientes pero luego me quedaba totalmente agotado me han dicho que con Majikari el terapeuta mas bien cada vez se recarga energeticamente lo que est,a por ver.Gracias.

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  2. Saludos Mario, gracias por compartirlo

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