lunes, 25 de julio de 2011

Ecuador 5: Vinces y el “tío Picudo”

A mediados de 1986, mi amigo Gaitán Villavicencio asomó por mi oficina con don Luis Portaluppi, a quien llamaba afectuosamente “tío Picudo”. No recuerdo cómo el “Picudo Portaluppi” resultaba tío de Gaitán ni el motivo de la visita, pero recuerdo que tuvimos una conversación por demás agradable pues este personaje era portador de todo tipo de anécdotas y dueño de una capacidad de expresarlas, realmente extraordinaria.

Don Luis Portaluppi relató una serie de historias realmente fascinantes, era increíble la cantidad de personajes de la política y de la vieja sociedad guayaquileña que se contaban entre sus amigos y conocidos. Tenía anécdotas extraordinarias que al contárnoslas, documentaba con los nombres de los personajes, lugares, fechas, datos y detalles de gran exactitud para que no pudiésemos dudar de la veracidad del relato; haciendo gala al mismo tiempo, de una memoria realmente prodigiosa.

El “tío Picudo” tenía además una formidable facilidad para mantener fascinados a todos sus interlocutores por la manera precisa, agradable y bien articulada con la que contaba sus relatos, amén de otos factores como el impecable uso del lenguaje, una muy buena voz, gran sentido del humor y una forma casi teatral de expresión, con gestos muy decidores en los que se sumaban el movimiento de sus huesudas y blancas manos y la mirada profunda de sus expresivos ojos azules, que recorrían el auditorio y se posaban de tanto en tanto en los de cada uno de los contertulios. 

El “tío Picudo” relató que se había jubilado y decidió dejar la ciudad de Guayaquil. No soportaba el ruido, la congestión y el bullicio y -menos aun- la incultura y la inseguridad que ya comenzaban a hacerse evidentes en la vida cotidiana de nuestras ciudades. Había decidido regresar a la paz y la vida calma del campo, así que compró una magnífica casa de hacienda en las inmediaciones de Vinces.

Nos contó que Vinces es una de las ciudades más antiguas de la provincia de Los Ríos, fue fundada en 1783 y desde 1845 es la capital del cantón del mismo nombre.

La ciudad tuvo un formidable apogeo a finales del siglo XIX y principios del XX gracias al auge de la producción y la exportación del cacao. En los alrededores de Vinces existía una gran cantidad  de haciendas y  plantaciones dedicadas a la explotación de ese fruto que fue denominado como la “pepa de oro” por los réditos y beneficios que dejaban a los hacendados y a otros sectores sociales que se vinculaban a su cadena productiva, su comercialización y a la generación de todo tipo de servicios colaterales.

El llamado “boom cacaotero” dinamizó enormemente la economía de la zona y de la propia ciudad de Vinces. Muchos de los hacendados amasaron monumentales fortunas al ligar la producción, con la exportación, la transportación, la banca y las finanzas. Muchos incluso se trasladaron a vivir en Europa, particularmente en Francia.

Tenían administradores de confianza en las haciendas y venían de tanto en tanto, para recorrer sus grandes heredades y pasar vacaciones en el exótico mundo del trópico ecuatorial.

Aquellas élites trasladaron ciertas costumbres, ocupaciones y detalles culturales como el mobiliario, la moda, las maneras, la arquitectura, las artes plásticas, la culinaria e incluso la forma de hablar al cantón Vinces.

Las casas de las haciendas reflejaban un gran lujo y era evidente la abundancia de todo tipo de objetos europeos de decoración y mobiliario, traídos directamente de Francia, ya sea en los viajes de los hacendados o por medio de pedidos especiales que llegaban en balsa desde el puerto de Guayaquil. Las finas vajillas, adornos, lámparas, muebles, espejos…hablaban tanto de la capacidad económica de los hacendados-exportadores cuanto de la especial atracción que tenían por modelos de la cultura francesa de la época.

En la vestimenta de las mujeres era frecuente el uso de corsés, sombreros, estolas y trajes de alta costura; impusieron la moda del maquillaje y el cabello corto; los hombres vestían trajes, camisas francesas, corbatas, botines, sombreros, bastones, usaban un peinado especial, con raya al medio, patillas y bigotes. Era evidente la preocupación de unas y otros por la apariencia y la elegancia. Entre ellos hablaban francés”.

El “último grito de la moda francesa” se estrenaba en Vinces antes que en Guayaquil o en Quito, por ello la ciudad fue denominada "París Chiquito".

Los habitantes de Vinces acuñaron el término “gran cacao”  para denominar a los ricos propietarios de las  haciendas cacaoteras que mantenía esas costumbres europeas que reproducían en la vida cotidiana de sus haciendas y en la vida social del pequeño poblado, cuando venían por negocios o por placer hasta sus haciendas tropicales. 

“En Vinces los nombres de los diversos hoteles, almacenes o locales de prestación de todo tipo de servicios, no escapaban a la "moda francesa"; se encontraban almacenes como "Le Chic Parisien” o el Bazar “Verdun" que importaban y vendían todo tipo de artículos franceses”. En casa de todo “gran cacao”, los vinos franceses de “Bordeaux” o de “Bourgogne”, no podían faltar.

“De igual manera los galicismos surgían en cualquier conversación, palabras como "atelier", "démodé", "secrétaire"…no necesitaban traducción…” se usaban cotidianamente en Vinces.
En la arquitectura tanto de las haciendas cuanto del mismo pueblo de Vinces, muchas de las construcciones de la época se hicieron bajo la influencia francesa; los modelos eran reproducidos con exactitud e incluso con los mismos materiales, pues los importaban desde París.

La región próxima a Vinces en la época de oro del cacao, reunía las haciendas más ricas del país y una serie de edificaciones importantes que también apuntalaron su remoquete de "París Chiquito".

Sin embargo, a finales de 1920 las plagas conocidas como la “escoba de la bruja” y la “monilla”, llegaron a las plantaciones de cacao, la producción se afectó y el negocio de la exportación fue decayendo.

Esto, sumado a la gran depresión mundial y más adelante a la Primera Guerra Mundial, condujo a que en las haciendas fuera disminuyeron la producción, el cacao ecuatoriano dejó de ser un producto competitivo a nivel mundial y llevó a un colapso sin precedentes a la economía nacional y a la zona de Vinces en particular, que cayó en una gran crisis de la que a duras penas fue saliendo durante todo el siglo XX. 

El “tío Picudo” nos contó que las poderosas familias cacaoteras siguieron viviendo confortablemente en París, simplemente dejaron de visitar sus tierras, abandonaron sus casas y sus bienes y las vendieron años después. En algunos casos cambiaran de actividad, unas pocas se reconvirtieron a fincas ganaderas o se dedicaron a la plantación de banano, fruta que se convirtió en el nuevo producto de exportación ecuatoriano a partir de 1950, sin embargo la falta de vías de comunicación que ligara las haciendas con los puertos impidieron que la zona se volviera “bananera” con la misma facilidad que otras zonas del litoral ecuatoriano.

En medio de las haciendas abandonadas, sin la preocupación de sus dueños y sin el mantenimiento que requerían, muchas de las casas de madera de las grandes haciendas cacaoteras se fueron destruyendo con el paso del tiempo o fueron derrocadas por los nuevos propietarios para edificar algún adefesio contemporáneo.

En un trabajo de investigación titulado “Arquitectura del cacao: haciendas cacaoteras del área de Vinces”, Claudia María Peralta relata que en la zona, hasta hace poco, en un área aproximada de 700 hectáreas, aún existían diez casas de hacienda, “importantes ejemplos de la arquitectura de madera del período cacaotero, construidas a fines del siglo XIX y principios del XX”.

Esas haciendas “verdaderos palacetes de madera” se mantenían casi inalteradas y permitían observar los que fue la rica arquitectura de esa zona “con respuestas  arquitectónicas, constructivas y bio-climáticas” que resultan verdaderos testimonios de la bonanza de la época cacaotera.

La autora menciona que en las casas de hacienda de esa zona, “los carpinteros y artesanos locales lograron incorporaron con mucha habilidad y destreza, el lenguaje clásico, haciendo con madera tropical lo que en Europa se hacía con granito, mármol y piedra que era luego resaltado con pinturas murales, cielos rasos decorados, calados y tallados”.

Las casas de las haciendas se ubicadas casi siempre cerca de los ríos (únicas vías de comunicación de la época) sobresalía no sólo por su tamaño sino porque arquitectónicamente eran más elaboradas que otras edificaciones utilitarias, generalmente eran de dos pisos, pues desde lo alto se podían controlar los tendales donde se secaba el cacao, el embalaje y el embarque de los sacos en las grandes balsas que los conducían hacia Guayaquil, desde donde se realizaba la comercialización del producto hacia el exterior.

La planta baja de las casas albergaba las oficinas administrativas y las bodegas del cacao, herramientas e insumos; esos espacios se vinculaban por medio de una galería que los protegía de la incidencia directa de los rayos de sol.

En la planta alta se desarrollaba la zona de vivienda de los hacendados… se llegaba a ella gracias a una escalera que vinculaba la planta baja con un amplio salón (que se ubicaba casi siempre en el centro de la vivienda) y con una galería superior que relacionaba ese salón principal con el comedor, la cocina y los dormitorios (que casi siempre tenían la mejor vista hacia el río).

Los diferentes ambientes de la planta alta tenían grandes ventanas que permitían su iluminación y ventilación. En el salón principal y en las áreas de acceso era usual ver pinturas murales en las paredes y cielos rasos.

Todos los espacios eran muy amplios, se caracterizaban por sus grandes alturas de piso a cielo raso. 

El zócalo se pintaba con un color diferente al resto de la pared lo que ayudaba a destacar y resaltar las pinturas murales… la parte superior de las paredes estaban rematadas  por enrejados que permitían la ventilación natural”
 

Don Luis Portaluppi adquirió una de las “casas de hacienda” en esa zona (posiblemente una de las más hermosas): la casa del que fue uno de los más importantes enclaves cacaoteros de la región, conocido como “El Bejucal”. La edificación se halla ubicada entre dos canales o riveras en medio de una especie de edén en el maravilloso bosque húmedo tropical de la cuenca del río Vinces; por su situación entre esas dos arterias fluviales a la casa se accede luego de cruzar un puente de madera… Por todo ello, a la propiedad se la comenzó a conocer como “La Isla del Bejucal”.  

El “tío Picudo” me entusiasmó con sus relatos y supongo que mostré un vivo interés por lo que pudo contarnos sobre Vinces y su rica historia, así que cuando nos despedimos, me hizo prometer que apenas pudiera le visitaría en su refugio de “La Isla del Bejucal”.

Meses después, en agosto de 1996 con mi esposa Marie Thérèse y mi hija Manuela decidimos cumplir la promesa y dar una vuelta por esa región de la patria que no habíamos visitado nunca. Mi hija Manon no pudo ser de la partida pues se hallaba de viaje.

Salimos un mañana rumbo a Guaranda, visitamos la zona de Salinas para conocer las instalaciones de las ya famosas “Queserías de Bolívar” que impulsa el FEPP para beneficiar a campesinos pobres de esa zona, dormimos en Guaranda y emprendimos el viaje hacia la costa por el viejo camino a Babahoyo, ciudad conocida anteriormente como Bodegas pues allí se acumulaba la carga que, primero en acémilas y luego en camiones, emprendía el ascenso de la cordillera hacia  los mercados de la Sierra.

Cruzamos la hermosa región de Balsapamba y pudimos desde los flancos de la montaña contemplar las extensas y fértiles planicies de la provincia de Los Ríos, sus enormes arrozales y sus magníficas dehesas pobladas de ganado cebú y brahman que conviven con parsimonia y armonía con grandes bandadas de garzas blancas.

Antes de llegar a Babahoyo llamé a mi amigo Gaitán y le pedí instrucciones sobre cómo llegar a Vinces y a la “Isla del Bejucal”, quería también que le confirme al “tío Picudo” que estábamos en camino y que llegaríamos a su casa alrededor del medio día… Pues, si bien le habíamos anunciado nuestra visita, no quedó claro el día preciso ni la hora de nuestra llegada.

Le pedí a Gaitán además que me recomendara algo que le pudiésemos llevar al “tío Picudo”, ya le habíamos comprado algunos quesos, un “salinerito”, un “provolone ahumado” un “tilsit picante” y algún otro, pero me parecía que si íbamos a desembarcar allí  en manada, convenía llevar algún otro presente.

Gaitán me comentó que al “tío” le encantaba el jerez seco y que no le disgustaba el vodka, pero que lo tomaba con jugo de manzana, así que me recomendó entrar a Babahoyo y me dio las indicaciones del caso para llegar a un almacén donde podía encontrar fácilmente esos “insumos”. Cuando anoté y repetí las instrucciones, Gaitán las aprobó y me dijo a continuación: - “brother, cuando haya comprado el combustible, no se mueva de ahí… ¡espéreme, oyó!… ¡este rato salgo para allá!...” 
 
Gaitán llegó con su hermano Solón y su chofer el señor Bravo, compañero de aventuras de los célebres hermanos Villavicencio Loor. Nosotros les estábamos esperando con las botellas y todos juntos nos trasladamos hacia la “Isla”.

Como se decía en la época de Woodstock, pasamos allí tres increíbles días de “paz, música y amor”.

Al llegar al “Bejucal”, quedamos fascinados por la vegetación y luego por la fantástica “casa de hacienda” que, pintada de crema y azul, resaltaba, magnífica, en medio del verdor de la vegetación. Al descender de los vehículos pudimos saludar al “tío” que nos daba la bienvenida desde la planta alta con un abrazo gigantesco con los dos brazos en alto. Vestía impecablemente de blanco con una hermosa guayabera almidonada, un fino pantalón de lino y un sobrero de Panamá con ribete negro. Un equipo de sonido escondido quién sabe donde, emitía a vive voz a Pavarotti entonado “Nessun Dorma”… supongo que así debió sentirse Adán cuando la mano de Dios le depositó con cuidado en  medio del paraíso. 

El “tío Picudo” bajó acompañado de dos bellas muchachas a las que presentó como sus “ahijadas”. Nos guió de inmediato a la planta alta, hacia nuestras habitaciones; casi enseguida nos hizo un recorrido para conocer la casa. Nos explicó que la planta baja seguía desocupada porque todos los cuartos requerían ser restaurados por el largo tiempo que la edificación había permanecido abandonada, así que más bien los mantenía cerrados y sin uso. Además -nos dijo con un breve guiño-: -“no necesito molestar a sus actuales inquilinos”. Una de sus “ahijadas” aclaró: -“esos cuartos están llenos de murciélagos y avispas”; al ver la cara de terror de mi mujer y de mi hija, aclaró enseguida: -“pero no hacen nada…”

Fue increíble encontrar en medio de la selva y en esa vieja casa de madera una cantidad impresionante de finos muebles, cuadros, retratos, fotos, lámparas y todo tipo de adornos provenientes de Europa. Finos objetos de bronce y de madera, cristales y porcelanas de muchos estilos, formas y colores, en una singular mezcla, mostraban -casi esforzándose- una suerte de reminiscencia de tiempos mejores…

El tío Picudo nos explicó que poco a poco había ido comprando todo “aquel museo” a numerosos campesinos pobres que llegaron a ser poseedores de esas “piezas” por “regalo” o “por abandono” de sus originales propietarios.

Aquellos objetos que llegaron en barco hasta Guayaquil desde Francia y luego, en balsa por los ríos que cruzaban las extensas plantaciones, importados por todo “gran cacao” que se preciara, habían ido a parar a humildes casitas de paredes de caña y techo de bijao, luego de la caída del precio del cacao.

Ahora el “tío Picudo” los había rescatado para que lucieran “como corresponde”, en “un ambiente adecuado” en las paredes y en las añosas habitaciones de su “retiro” de la “Isla del Bejucal”.

Mi mujer y mi hija estaban fascinadas. Observaban detenidamente todos los objetos. Descubrían grabados y cuadros de época, encontraban marcas conocidas en las porcelanas y en los bronces o lugares y fechas inverosímiles en las sillas o en las mesas de finas maderas charoladas: Berlín, Praga, Viena, París. En un cuadro ovalado que enmarcaba el retrato con una elegante mujer envuelta en pieles y primorosamente peinada, se leía una dedicatoria escrita con pulcra caligrafía en francés. El retrato y la firma eran de la célebre cantante francesa Rose Caron, conocida particularmente por la interpretación de las óperas de Wagner. El cuadro  estaba dedicado a una persona cuyo nombre he olvidado, de seguro un “gran cacao” que debió haber frecuentado la opera de Garnier a fines del siglo XIX.

Entre tanto… las botellas de jerez ya se habían enfriado; así que dimos cuenta de su contenido acompañando las finas copas de cristal con deliciosas aceitunas rellenas con morrones mientras disfrutábamos de la agradable conversación del “tío Picudo” y de su interminable provisión de anécdotas e historias… pero aquello será motivo de otro relato.

4 comentarios:

  1. querido Mario, maravilloso texto del tio Picudo! Sueño con que la casa de la Isla de Bejucal sea recuperada como bien patrimonial, que la convirtamos en un lugar de tertulia y de encuentro como en sus mejores épocas. Que tal si emprendemos en esa tarea?

    cariños
    Carolina Portaluppi

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  2. Hola querida Carolina

    Me encantaría ayudar en lo que se pueda. Voy a charlar con Inés Pazmiño Directora del INPC para ver que puede hacer. ¿La casa está todavía en manos de la familia?

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  3. Querido Mario, no. Cuando se murio el tio picudo, sus herederas vendieron a un lugareño. Yo converse con la alcaldesa de Baba y me dijo que le encantaria. Tambien converse con un grupo de artistas que son "cacao apasionados" y tenian ideas cheveres. Juntemos esfuerzos, te parece?
    cariños
    c

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  4. El tema es muy bueno sobre Vinces.un enrequesimiento para nuestra memoria en conocer mas sobre nuestro pueblo.Ademas yo si guardo. Algunos documentos y revistas con fotografías de esa época e inclusive tengo algunas cosas que mi.padre adoptivo guardo y me hice acreedor a ello como uno de sus hijos como tal.Un Reloj de Pendulo del Año 1888 y adquirido en el año de 1950 .Comprado en el almacén del Señor Acelino López.estos datos los guardo en mi casa.entre otras cosas antiguas.como una.liontina que se usaba en esas epoépo. Una alcancía de monedas de medios.centavos.etc.esto es con la finalidad de que los recuerdos N0 se 0lvidan asi nomas.pero.la edad a uno se.le viene encima y los.hijos N0 son un poco que le llamen la atención.y mad....el reloj tiene su llave de cuerdas de vez en cuando lo.pongo s funcionar en la sala.de.mi cada.me hubiera gustado seguir dialogando de la.historia de mipueblo pero quizás en otros momentos.Gracias Señor Vascones.

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