lunes, 21 de febrero de 2011

Egipto 5: El Jeque Mudo


Asistí en 1996, a la “III Conferencia Mundial sobre Transporte Urbano” que tuvo lugar en El Cairo y luego del evento con dos amigas argelinas, Rabea Boukris y Halima Saharaoui realicé un viaje fabuloso a Luxor, el  Valle de los Reyes y el de las Reinas, Karnak y Aswan.

Luego de que un guía nos condujo a la estación y nos dejó instalados en un cómodo compartimento del tren, comenzó la aventura turística que relaté en otra oportunidad de cuyos pormenores he separado esta historia fantástica.

Los trenes egipcios guardan y evidencian en sus materiales, formas y servicio, algunos detalles del antiguo esplendor que alguna vez tuvieron. De origen inglés están tapizados unos con cuero, otros con gruesas telas de un rojo sanguíneo, las agarraderas, manubrios, pomos, pistillos y seguridades de las ventanas, son de bronce todavía bruñido y brillante y las paredes y divisiones de los compartimentos son de exóticas maderas orientales finamente charoladas. El conjunto sigue siendo magnífico aunque en todo es evidente el paso de los años. Los controladores están uniformados con finos casimires de color azul obscuro, camisa blanca, corbata, la típica gorra de visera corta característica del personal de los sistemas rodoviarios europeos, botones dorados y relucientes insignias de bronce tanto en la gorra como en el pecho. El personal de servicio viste pantalón obscuro y chaquetillas blancas de camarero, abotonadas hasta la garganta. Todos los uniformes aunque limpios y planchados muestran que tuvieron mejores días. 

El compartimento que nos asignaron a Rabea, Halima y a mi, lo compartimos con un pasajero oriental con quien no tuvimos forma de comunicarnos, tratamos de hacerlo en ingles, en francés, en árabe y en castellano pero él solo sonreía sin decir palabra, cuando el tren comenzó a rodar abandonó el recinto y solo reapareció, ya entrada la noche, para acostarse y dormir sin dirigirnos la palabra.

Al inicio del recorrido, quedamos pues los tres, en posesión del compartimento. Nos sentamos en la misma banca, viendo todos hacia adelante para no marearnos en el trayecto; Rabea a la izquierda,  junto a la ventanilla, Halima a la derecha junto a la puerta, hacia el pasillo y yo al centro. Estábamos muy alegres por iniciar este viaje a lugares que todos soñamos alguna vez poder visitar. Al principio tuvimos cierta desilusión pues desde la ventanilla era poco lo que se podía contemplar del paisaje pues los vidrios estaban totalmente rayados por la arena del desierto que actúa como una verdadera lija sobre la pintura y los cristales, dando el aspecto desolador  que los trenes tienen exteriormente en Egipto, tal como habíamos podido constatar en la estación antes de embarcarnos en el nuestro.

Al no poder contemplar el paisaje, nos dedicamos a conversar de todo un poco: de Argelia, del Ecuador, de la situación de la mujer en los países del norte de África, de su experiencia de vida en Paris; Halima había vivido allí y Rabea trabajaba y vivía ahora en esa ciudad. Estábamos hablando de las diferencias de clima en todos esos sitios y las formas de adaptarse a esas condiciones en todos los casos, cuando pasamos a hablar de las estrategias para protegerse del sol y el calor en el desierto. Yo les comenté que había comprado un turbante para protegerme del sol durante las visitas que realizaríamos en los días venideros en las inmediaciones de Luxor. Les enseñé mi adquisición y me lo puse, ellas rieron al comentar que parecía realmente un Árabe del Golfo con mi turbante blanco y mi poblada barba negra. Me puse unas gafas obscuras y todos volvimos a reír, realmente tenía el aspecto de un habitante de Arabia Saudita o de los Emiratos.

En eso estábamos cuando luego de un par de pequeños golpes en la puerta entró un joven camarero a preparar nuestro compartimento antes de ofrecernos el servicio de la cena. El muchacho comentó algo en árabe y Halima le respondió algo en esa lengua que por supuesto, tampoco entendí. Ella siguió hablando y el joven palideció, abandonando el compartimento muy turbado. Mis dos compañeras rieron a carcajadas. Pedí las explicaciones del caso y me contaron que el chico al entrar y verme con mi turbante y las gafas, hizo algún cometario en son de broma, burlándose de otro turista que intentaba parecer árabe; para su sorpresa una de de las mujeres le reprendió en su idioma, exigiéndole respeto pues podía ofenderme con su broma. Le dijo que yo era efectivamente un jeque que viajaba con dos de sus esposas por tierras egipcias y que no lo había maltratado  por su insolencia, porque desgraciadamente no gozaba del don de la palabra. Yo, su esposo, era jeque, pero era un jeque mudo.

Varios minutos más tarde el chico regresó e inclinando la cabeza balbuceó un discurso entrecortado que tampoco pude comprender, mis compañeras no parpadeaban y yo, ya advertido del asunto, poniendo mi mano derecha  hacia abajo y con la palma hacia mi pecho  hice hacia él dos o tres movimientos despectivos señalando la puerta; el muchacho agachó la cabeza y salió despavorido del compartimento.  Las dos amigas argelinas no paraban de reír. Yo me desesperaba pidiendo una traducción, ellas comenzaban a hablar y nuevamente estallaban en risas sin poder articular palabra. Finalmente luego de un buen rato pudieron calmarse y me contaron lo que les había producido tal ataque de hilaridad. El joven mesero disculpándose muy arrepentido de su metedura de pata, a manera de excusa y para reivindicarse había  venido a explicar que siendo él soltero, hijo único y sin hermanas, lo único que podía hacer para tratar de desagraviar al jeque era proponer darme a su mamá en matrimonio para limpiar la ofensa. Allí vino mi movimiento, tan oportuno, de la mano y él salió para no regresar; no sabemos si sintiéndose perdonado o con su vida pendiendo de un hilo.

Un mesero viejo le sustituyó. Entró saludando atentamente sin mirarnos, depositó las bandejas con la cena en nuestras respectivas mesas y se las llevó una vez que terminamos de comer. Posteriormente vino para preparar las literas para pasar la noche y nos sirvió el desayuno en la mañana antes de arribar a Luxor. Nuestro vecino oriental solo vino al compartimento para dormir y desapareció temprano antes del desayuno. Del joven mesero no supimos nada más.

En Karnak nos alojamos en un viejo hotel, muy confortable, frente al Nilo. El hotel era también un rezago de una época de gran esplendor. La decoración de estilo victoriano, muebles pesados de madera sólida, charolados y brillantes, con tapizados de tejido grueso con motivos florales rosado y verde pálido, gradas, pasamanos y esquineros protectores de los muros también de fina madera obscura, pomos y seguridades de bronce en puertas y ventanas, grandes lámparas de cristal y alfombras rojas en las gradas y en los pasillos. Daba la impresión que cualquier instante de cualquier rincón del hotel iba uno a toparse con Hércules Poirot o cualquier protagonista de “Muerte en el Nilo”, la novela de Agatha Christie.

Las habitaciones eran enormes, la mía tenía vista al río y pude contemplar desde allí un atardecer maravilloso con infinidad de tonos rojos, naranja, ocres y amarrillos reflejados en el agua. Contra ese fondo resaltaban los perfiles obscuros de las palmeras y las sombras gráciles de las feluccas que dirigían raudas a su lugar de reposo nocturno aprovechando los últimos rayos del sol.

En la noche de nuestra llegada bajamos a cenar y nos topamos con que  luego de atender a los huéspedes del hotel ese recinto iba a ser preparado para la recepción de un matrimonio. En otro relato he contado que nuestros amigos Oscar Figueroa y Ettiene Henry que también se alojaban allí tuvieron que pagar mucho más que nosotros por la cena pues en nuestro caso las tres comidas estaban incluidas en el paquete turístico que habíamos contratado. Pero la discriminación fue mayor cuando los camareros les pidieron que abandonasen la sala luego de cenar para poder preparar el recinto para la recepción de esa noche. En nuestro caso y en medio de risas mis compañeras decidieron volver a aplicar el cuento del jeque mudo.

Yo no me había sacado el turbante durante la cena y cuando el jefe de meseros se acercó a pedirnos que dejáramos el comedor, ellas le explicaron en árabe que yo era un jeque… en fin, la misma historia. Yo ni siquiera lo miraba, mantenía los ojos hacia el frente con una mirada perdida y no movía un músculo. El hombre no sabía qué hacer, por fin luego de un buen rato se acercó y propuso algo también en árabe. Mis compañeras le replicaron algo que no pude comprender y el hombre se retiró. Ellas me explicaron que nos había propuesto quedarnos pero que nos rogaba ubicarnos en una mesa en el extremo de la sala pues todo el local estaba reservado por la familia de los recién casados para sus invitados. Le dijeron que tenían que consultarme y que ya le daríamos una respuesta. Le llamaron y dijeron que yo felicitaba a los novios, que no tenía ningún inconveniente en permanecer en la mesa que nos había sugerido, que no requeríamos de ninguna atención pues ya habíamos cenado y que les pedía no ser molestado. Así fue.

Pudimos asistir como espectadores a una velada de las mil y una noches. El recinto se modificó en pocos minutos; con unas finas telas, transformaron el local en una tienda árabe gigantesca, de la nada salieron cojines de colores, manteles lujosos, arreglos florales y vajillas brillantes; era como estar en medio de actos de magia, haciendo realidad las cosas. Esa noche, luego de breves presentaciones y discursos, tuvimos la oportunidad de presenciar las habilidades de al menos, media decena de bellas, elegantes y habilísimas bailarinas del vientre. Nos llamó mucho la atención una que hacía circular una, luego dos y hasta tres monedas por su vientre desplazándolas, al son de la música, de arriba abajo y luego en el otro sentido sólo con los pliegues de su piel con un total control de sus músculos abdominales. Algo increíble.

Pero también se presentaron formidables músicos que tocaban dulces melodías en rarísimos instrumentos de cuerdas que yo nunca había visto. Pude ver allí, por primera vez en la vida, seis encantadores de cobras que actuaban simultáneamente embobando a las víboras con pequeños tambores y el agudo sonido de unas pequeñas flautas. Todo en medio de manjares inimaginables que circulaban en las manos de elegantes meseros entre las mesas llenas de numerosos invitados elegantemente ataviados para la circunstancia.

A una hora adecuada, el jeque mudo y sus esposas, previendo que al día siguiente tendrían por delante una larga jornada de turismo, optaron por dejar el salón y se dirigieron a sus aposentos. Casi sin hacer ruido, se levantaron y sin molestar a nadie, ni ser molestados, fueron a tratar de dormir. Resultaba difícil por supuesto, dejar de pensar en lo increíble de aquellas aventuras inesperadas.


  

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