miércoles, 23 de noviembre de 2011

Japón 1 El Foro Mundial del Agua de Kioto


Mario Vásconez, Raymond Jost, Willem-Alexander, en esa época Príncipe de Orange, actual Rey de los Países Bajos y dos prersonas más en el Tercer Foro Mundila del Agua de Tokio, 2003
 
En marzo de 2003 viajé a Japón para participar en el Tercer Foro Mundial del Agua, organizado por el Consejo Mundial del Agua y, en el marco de ese Foro, en la Asamblea Mundial de Sabios del Agua, una iniciativa del Secretariado Internacional del Agua. 

Como ya he relatado, unos meses antes, en Noviembre de 2002, tuvo lugar en Quebec el “Parlamento Mundial de la Juventud para el Agua”, organizado por el Secretariado Internacional del Agua con el auspicio de la provincia y la ciudad de Quebec, UNICEF y UNESCO.

Asistí a ese encuentro acompañando a la delegación ecuatoriana, una joven de Quito y dos jóvenes de Cotacachi que participaron gracias al auspicio del PNUD la primera y del Municipio y la Asamblea Cantonal de Cotacachi y de UNICEF, estas últimas.

En ese evento, Zayra Barahona, una de las chicas de Cotacachi, fue elegida como delegada por América Latina para representar a los jóvenes asistentes al Parlamento de Quebec en el Tercer Foro Mundial del Agua que iba a desarrollarse en Kioto en marzo de 2003.

El Secretariado Internacional del Agua me escribió a mediados de diciembre del 2002 invitándome a participar en la Asamblea Mundial de Sabios del Agua y pidiéndome que hiciera llegar a Zayra una carta en la que se le informaba oficialmente que estaba también invitada al Japón como “embajadora” de los jóvenes de nuestra región.

A fines de diciembre recibí una llamada de Raymond Jost confirmándome lo que ya me había comunicado por escrito. Debía comenzar a preparar maletas para ir a Japón y mover una serie de resortes para garantizar también la presencia de Zayra en el Foro de Kioto.

Escribí a Auki Tituaña, Alcalde de Cotacachi, informándole del evento y de la designación de Zayra para participar en dos eventos importantes: la “Asamblea Mundial de Sabios del Agua”, en la “Casa del Ciudadano y el Agua” en Kioto y el “Foro Mundial del Agua de los Jóvenes”, organizado por UNICEF y varios organismos japoneses que tendría lugar en Shiga en el Lago Biwa  a 30 minutos de Kioto.

Le comenté que el costo del pasaje de avión sería cubierto por UNICEF, todos los costos de alojamiento, comidas, registro en el Foro, actividades paralelas y transporte en Japón serían cubiertos por los organizadores del evento y le pedía el auspicio formal del Gobierno Municipal y de Asamblea Cantonal de Cotacachi para que Zayra pudiera asistir al evento de Kioto. El apoyo consistía en una contribución para gastos adicionales: permiso de salida, visa, impuesto de aeropuerto, dinero de bolsillo, etc...

Tuve una respuesta favorable a ese pedido y como mi pasaje y mis gastos estaban cubiertos por el Secretariado Internacional de Agua emprendimos con Zayra el viaje a Japón a pesar de que -como ya relaté- yo me había propuesto no viajar nunca más en calidad de chaperón… pero como dice el dicho: “el hombre propone y Dios dispone”…

El 14 de marzo salimos hacia Los Ángeles y allí tomamos un vuelo hacia Tokio luego de pasar por los mismos problemas que relaté cuando acompañe a Zayra a Quebec: yo tenía visa americana y ella no, por tanto nos separaron luego de pasar migración; yo pude pasar al área de tránsito y ella debió permanecer recluida en una sala de espera -bajo custodia- hasta la hora de salida de nuestro vuelo.

Llegamos a Tokio al día siguiente. Yo ya había estado en esa ciudad anteriormente, así que sabía que se debía tomar un tren para trasladarse desde el Aeropuerto de Narita hasta la ciudad; sin embargo nosotros no íbamos a Tokio sino a Kioto. Busqué el lugar donde se compraban los tiquetes y me acerque a la ventanilla. Expliqué en inglés a la persona que me atedió que queríamos ir a Kioto y le pregunté cómo debíamos hacer para tomar un tren hacia esa ciudad. Me explicó que el tren que salía del aeropuerto nos llevaría a la estación central de Tokio y una vez allí, podríamos comprar nuestros tiquetes y embarcarnos sin problema para Kioto.

Llegamos en poco tiempo a la ciudad y busqué la ventanilla donde se podían adquirir los pasajes a nuestro destino. Allí ya tuve ciertas dificultades pues quien atendía casi no hablaba inglés. Mal o bien logré que me entendiera que quería dos tiquetes a Kioto. Pagué con tarjeta de crédito, recibí los tiquetes y me dirigí en busca del andén en el que debíamos tomar el tren a esa ciudad.

Perdimos mucho tiempo pues los letreros estaban marcados básicamente en japonés y me resultó harto difícil orientarme en esa enorme estación, jalando mi maleta y la de Zaira, pues ella llevaba también una maleta de mano bastante pesada… cuando por fin llegamos a nuestro andén luego de recorrer interminables corredores y bajar y subir docenas de escaleras eléctricas, el tren estaba a punto de llegar. Vi que la gente hacía fila en unas marcas en el suelo y traté de averiguar a dónde debíamos dirigirnos nosotros, pero la gente no me entendía o estaba demasiado apresurada para prestar atención a un turista medio perdido.

Logré acercarme a un extranjero, por su aspecto y su uniforme vi que era un militar norteamericano;  él me explicó en inglés los detalles de nuestros boletos, todo estaba escrito en japonés pero en el borde inferior se debía leer el número de nuestro asiento, el número del vagón y el número de la puerta por la que debíamos subir luego de colocarnos en la línea respectiva. Vimos que el lugar que nos correspondía estaba realmente lejos, el tren estaba por llegar, así que no aconsejó subir por la puerta más próxima e ir avanzando internamente a nuestro lugar con el tren ya en movimiento.

Los trenes que unen Tokio con Kioto se llaman “Shinkansen” o “Tren Bala”. Pueden jalar hasta 16 vagones. Cada vagón mide veinticinco metros de largo, por tanto hay trenes que llegan a tener cuatrocientos metros de punta a punta, ¡más de cuatro cuadras! Las estaciones también son lo suficientemente largas como para poder recibir estos gigantescos trenes y la de Tokio por supuesto, tenía andenes aún más largos, para dar cabida a esos enormes trenes.

El Shinkansen es la forma más rápida de llegar de Tokio a Kioto, el tren se desplaza a más de 280 kilómetros por hora gracias a su diseño aerodinámico y a la regularidad de las vías, casi totalmente planas y sin grandes curvas. Normalmente recorre en algo más de dos horas los casi quinientos kilómetros que separan a las dos ciudades, atravesando zonas con hermosos paisajes. Uno de sus atractivos turísticos precisamente es que, en días despejados, desde el tren se puede tener una visión estupenda y por mucho tiempo, del magnífico monte Fuji, símbolo del país e incluso una elevación sagrada para muchas culturas y religiones orientales.

El tren que tomamos correspondía a uno de la línea Tocaido. Esta línea atraviesa el país de este a oeste y el tren se detiene sólo en Nagoya antes de parar en Kioto para luego continuar su recorrido hacia Osaka.

Cuando llega a las estaciones permanece muy pocos segundos en cada una, es por eso que las personas hacen fila en la puerta respectiva, dejan salir a quienes descienden y suben de inmediato y con presteza por la puerta marcada en su tiquete.

En nuestro caso, como estábamos a más de dos cuadras del lugar que nos habría correspondido, subimos con Zaira por cualquier puerta y comenzamos a desplazarnos -jalando las maletas por los sucesivos vagones- en busca del lugar que nos correspondía. Sin embargo, al llegar a la mitad del trayecto nos topamos con que no podíamos continuar. Entre los vagones de la cabeza y los de la cola, el tren tenía una  locomotora intermedia. Así que no tuvimos más remedio que detenernos allí y sentarnos sobre las maletas para hacer en esa forma el viaje a Kioto.

Al llegar a esa ciudad en la noche, busqué la manera de comprar un tiquete de tren hacia el pequeño pueblo, no muy lejos de la ciudad, donde estaba el hotel en el que nos habían reservado habitaciones a los miembros del Secretariado Internacional del Agua. No había una ventanilla de venta de tiquetes, todo funcionaba por medio de máquinas expendedoras. En muchas de ellas había instrucciones en inglés pero sólo operaban con yenes. No aceptaban tarjetas de crédito y yo no había cambiado dinero ni en el aeropuerto ni en la estación de Tokio.

Comencé a buscar un lugar donde realizar el cambio de moneda o la ubicación de un cajero automático para poder sacar dinero con tarjeta… pero en Kioto, el tema del idioma resultó bastante más complicado que en la capital. Tampoco encontré -a esa hora- una ventanilla de información o de ayuda al turista.

Luego de dar varias vueltas por esa enorme y concurrida estación donde todo el mundo está de prisa y sin posibilidad de ayudar a dos ecuatorianos poco precavidos, por las limitaciones idiomáticas, logré encontrar un buen samaritano que hablaba un poquito de inglés. Este personaje me explicó que podía encontrar varios cajeros automáticos a unas dos cuadras de la estación, me indicó la puerta por la que debía salir y me dio las explicaciones de cómo llegar al banco. Le agradecí con las típicas venias japonesas y enrumbé mis pasos hacia ese lugar, jalando dos maletas, seguido por Zayra que jalaba la más pequeña de las suyas.

Cuando di por fin con el banco, pude entrar a un vestíbulo con diez o doce cajeros y, al intentar usarlos, me di cuenta con terror que todos tenían las instrucciones sólo en japonés, no tenían el clásico comando para cambiar de idioma.

Comencé a tontear tratando de adivinar los pasos de las instrucciones… En repetidas ocasiones logré llegar a la pregunta del monto solicitado y cuando ponía la cifra, la máquina parpadeaba y, con una desesperante musiquita, volvía a la página de inicio.

No hubo forma de lograr que esos benditos aparatos me entregaran un solo yen. Tampoco logré ayuda alguna pues nadie entró a ese recinto todo el tiempo que permanecí en él.

Al borde de la desesperación regresamos a la estación de trenes, me encaminé a la salida principal y opté por tomar un taxi a pesar de lo costoso que ello podía ser en aquel país. Enseñé al taxista el nombre y dirección del hotel; no entendía inglés…cuando por fin logré leer los nombres identificó fonéticamente el nombre del pueblo y luego el nombre del hotel… arrancó y me condujo hasta allá. Al llegar pedí en la recepción -donde había alguien que hablaba inglés- que por favor cancelara el importe del taxi y lo cargara a mi habitación.

¡Salvados!.

Por fin, luego de tantos avatares y luego de más de treinta horas desde que despegamos en Quito, estábamos en posibilidad de dirigirnos a nuestras habitaciones, tomar una ducha y dormir hasta recuperar la fatiga y el estrés de esa aventura transcontinental y multi-idiomática.

Al día siguiente en un cajero del hotel que tenía instrucciones en inglés descubrí cual había sido mi problema la noche anterior: las máquinas no preguntabas ¿qué monto desea?, sino ¿cuántos billetes de mil yenes desea? Había, claro, una enorme diferencia entre pedir cinco mil yenes (alrededor de cincuenta dólares), como yo creía estar solicitando, a pedir cinco mil billetes de mil yenes. Ningún cajero me iba a dar cincuenta mil dólares con mi tarjeta de crédito.

La  Asamblea Mundial de Sabios del Agua  se realizó en la Casa del Ciudadano y del Agua entre el 17 y el 19 de marzo.

Yo hice una presentación sobre el tema “gestión integral del agua y el saneamiento” y Zayra y otros cinco jóvenes expusieron lo sustantivo del proceso y el resultado de la “Ley de Aguas” que elaboraron, discutieron y aprobaron en un singular ejercicio legislativo en el “Parlamento Mundial de la Juventud y el Agua” en Quebec y entregaron el texto de esa ley a los adultos que participábamos en la de Asamblea Mundial de Sabios del Agua en un acto trascendente y lleno de simbolismo.

Otro de los Eventos a los que Zayra tuvo la ocasión de asistir fue el Foro Mundial de Jóvenes y el Agua el 20 y 21 de marzo. Ese  evento organizado por UNICEF y varios organismos japoneses tuvo lugar en Shiga junto al Lago Biwa, allí los jóvenes analizaron las necesidades e impactos en todo el mundo por la carencia y la contaminación del agua.
  
En un recuento de ese viaje, que Zayra hizo a manera de informe y que entregó al Municipio de su ciudad, a la Asamblea Cantonal, a UNICEF y, muy amablemente, también a mí, ella mencionaba:

“La ley es portadora de la visión de la juventud sobre el problema del agua con una lectura que busca trascender los desacuerdos clásicos y las fronteras ideológicas y políticas del mundo de los adultos: busca acuerdos entre los responsables de las decisiones y los especialistas, con el propósito de identificar, en cada país las desigualdades de acceso a este elemento vital y de proponer planes de acción.

La Ley nos dice que el agua pertenece al Planeta tierra y nadie tiene derecho a apropiarse de ella ya que es un elemento esencial para la vida y un derecho fundamental para todo ser vivo, el acceso al agua debe ser equitativo, en cantidad y calidad para el desarrollo de los pueblos… los indígenas, los jóvenes, las mujeres deben ser actores importantes en la toma de decisiones con respecto al  agua.

El agua contribuye a fomentar la solidaridad social y la equidad entre comunidades, países, sociedades y generaciones, la protección del agua incumbe a todos los pueblos del mundo y los países que comparten una misma cuenca hidrográfica deben colaborar y actuar unidos en la solución de los problemas relativos al agua”.

Zayra, en su texto, mencionaba que esos puntos resumen lo más importantes de la ley que ella y los demás jóvenes produjeron en Quebec y plantearon con pasión en Kioto.

En su intervención en la "Casa del Ciudadano y el Agua" añadió, dirigiéndose a nosotros los adultos, que “tenía la esperanza” de que terminado este evento cada uno de nosotros también analice el texto de la ley y ayude a la lucha de los jóvenes para que pueda cumplirse.

En el informe que nos entregó la pequeña Zayra, ella terminaba su recuento con estas palabras:

“Para mí no solamente es un orgullo sino también una gran satisfacción haber podido representar  dignamente primero a mi misma como persona, a mi familia, a mi cantón, a mi país y a toda Latinoamérica, llevando mi voz a países muy desarrollados como Canadá y Japón, sin importar las diferencias de idiomas, religiones, culturas, creencias y poder cumplir así esta meta propuesta.

Mi compromiso es seguir siendo portavoz de los más de 80 jóvenes que elaboramos la ley y de los millones de personas que necesitan el agua

Lo más importante y maravillosos en la tierra es saber que sin el agua no hay forma de vida, el agua es vida y hay que cuidarla”.

Al escuchar a Zayra en la “Casa del Ciudadano y el Agua” en Kioto o al leer estas líneas a nuestro regreso al Ecuador, me di cuenta que todos los esfuerzos por lograr la interacción de la juventud para crear conciencia sobre los problemas ambientales, del agua y del planeta son totalmente pertinentes.

Y claro, los pequeños esfuerzos de viajar como chaperón y los líos del idioma, los trenes y los yenes, no significan nada al ponerlos en una balanza junto a la enorme satisfacción de ver que quienes nos tomarán la posta en estas luchas, lo harán provistos de una pasión, convencimiento y argumentos aún mayores que los nuestros.  

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