Como ya he relatado estuve en Polonia entre el 16 y el 21 de mayo de
1993 para asistir a un Seminario Internacional titulado “El agua y la sociedad
civil” que organizamos en Varsovia con mis colegas del Secretariado
Internacional del Agua – SIA.
Ese evento se desarrolló desde
el lunes 17 al miércoles 19 al medio día. Mi vuelo de regreso era el viernes 21
en la tarde, así que aproveché que tenía libre la tarde del miércoles y el
jueves 18 para conocer Cracovia y una vez allí, visitar el campo de
concentración de Auschwitz.
Convencí a mis colegas Lilia Ramos, Ibrahima Cheikh Diong, Bunker Roy y
Daniel
Allard, de hacer ese viaje.
Averiguamos que la mejor manera de desplazamiento de Varsovia a Cracovia era
por tren, así que compramos un tiquete de ida y vuelta a Cracovia en la Estación
Central de trenes de Varsovia, llamada “Warszana Centralna”.
Nos explicaron que había dos tipos de trenes, el normal (que incluía
varias paradas intermedias y hacía cinco horas de Varsovia a Cracovia) y el
expreso, llamado “Intercity” (que tomaba
sólo tres horas).
Cuando se compra el pasaje de ida y vuelta se consigue un pequeño
descuento, así que compramos un billete de ida y vuelta, en el expreso, para el
miércoles a las 14h00 y reservamos el regreso para el jueves a las 19h00.
Tendríamos que pasar una noche en Cracovia pero eso nos permitiría conocer algo
de esa ciudad, el miércoles al final del día.
Cracovia es una de las ciudades más grandes, antiguas e importantes de
Polonia. Tiene una población de 760.000 habitantes y está situada a orillas del
río Vístula; durante muchos años, fue la capital de Polonia y en la actualidad
sigue siendo un importante centro económico, científico, cultural y artístico
del país.
En la actualidad Cracovia es un importante destino turístico
internacional, pues recibe más de ocho millones de visitantes al año. El centro
histórico de Cracovia fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en
1978, al mismo tiempo que el centro histórico de Quito. Fueron las dos primeras
ciudades del mundo en recibir tal honor.
El centro histórico de Cracovia, llamado “Stare Miasto” alberga una
arquitectura muy rica: renacentista, gótica y barroca; sus iglesias y palacios
muestran una gran riqueza en su decoración, acabados y detalles arquitectónicos
así como en otras expresiones artísticas que guardan en su interior en lo
referente a tallados en madera, vitrales, pinturas y esculturas.
En nuestro tren llegamos a la estación principal de Cracovia llamada “Kraków
Główny” situada muy cerca del centro histórico. Nos alojamos en un pequeño
hotel no muy distante y de inmediato
salimos a recorrer la ciudad vieja para deleitarnos de su magnífica
arquitectura y de todos sus atractivos turísticos.
Al día siguiente tomamos un bus turístico para poder visitar el antiguo
campo de concentración de Auschwitz, hoy convertido en museo del holocausto.
Auschwitz fue un tenebroso complejo de campo de concentración, centro de “experimentación médica” y lugar de exterminio masivo de prisioneros, judíos, polacos y de otras nacionalidades, durante el régimen nazi luego de la invasión de Polonia de 1939 a inicios de la Segunda Guerra Mundial.
Auschwitz está situado a 43 km de Cracovia. Durante la guerra fue el mayor centro de exterminio de la historia del nazismo; se calcula que allí fueron asesinados entre 1,5 millones y 2,5 millones de personas, la gran mayoría de ellas judías, además de otros prisioneros de guerra. En sus instalaciones, otro medio millón de personas perecieron por enfermedades, por las infrahumanas condiciones sanitarias y por hambre.
El complejo consta de dos áreas, la primera llamada “Auschwitz I”,
empezó a construirse en 1940 bajo las órdenes de Rudolf Höss; fue pensado como
un centro de reclusión para para 7.000 prisioneros y comprendía 28 edificios de
ladrillo de dos plantas y otros edificios adyacentes. Por orden de Himmler se
ampliaron sus instalaciones y se construyó el segundo campo conocido como “Auschwitz
II – Birkenau”, cuyo nombre proviene de los pueblos junto a los que se construyó
en 1941; comprendía 250 barracones de piedra y madera. En algún momento parece
que en ese conjunto llegaron a hacinarse
más de 100.000 prisioneros.
Al ser uno de los lugares de mayor simbolismo del holocausto, Auschwitz
fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979.
Cuando nos dirigíamos a la entrada para iniciar nuestra visita, sabíamos
que íbamos a encontrarnos con un lugar “muy cargado”, allí se asesinó a
millones de seres humanos y allí se
habían cometido actos de una crueldad sin nombre, cosas que ni siquiera podíamos
imaginarnos previamente. En el trayecto entre el lugar en donde descendimos del
autobús y la entrada al campo, ya comenzamos a sentir una especia de
sobrecogimiento y malestar indescriptible.
En la puerta de entrada a Auschwitz se puede leer el lema “Arbeit macht
frei” que en alemán significa “El trabajo hace libre”, frase por demás irónica
cuando se sabía que era un centro de reclusión en el que nadie recibía un trato
digno y del que muy pocos tuvieron la oportunidad de salir con vida.
Todos en nuestra generación conocíamos de las atrocidades de ese sitio
pero estar en esas instalaciones, frente a frente con las evidencias de la
crueldad y las evidencias del holocausto era otra cosa.
Todo era distribuido como en una enorme instalación industrial donde
todos los procesos apuntaban a la muerte. Millones de personas, hombre y
mujeres de todas las edades llegaban por tren hasta ese lugar tenebroso y eran
diezmados en las cámaras de gas y en los hornos crematorios; unos pocos eran
usados como mano de obra en una serie de industrias aledañas pero su esperanza
de vida no superaba los dos meses, por lo que nada les libraba de un destino
semejante al de aquellos que pasaban directamente de trenes atestados a una
muerte segura.
Al llegar a Auschwitz, a los prisioneros que iban a ser enviados a las cámaras de gas, se les decía que iban a pasar por las duchas para ser desinfectados; se les entregaba jabón y se les dirigía hacia numerosas puertas en las que se podía leer “baño”. Una vez allí, las puertas se cerraban herméticamente y se abrían unas pequeñas hendiduras por las que un gas de efecto letal hacía su trabajo macabro.
Los cuerpos eran sacados luego de aquellas cámaras, para cortarles el
pelo y despojarles de objetos valiosos: relojes, joyas e incluso dientes de oro
antes de ser incinerados en cinco hornos
crematorios.
En el museo que se ha adecuado actualmente en las barracas de los prisioneros y
en otras instalaciones de este inaudito lugar, existen áreas de exhibición especializadas
donde el visitante puede constatar con horror las evidencias de este genocidio
abominable.
En una de estas zonas se pueden observar casi cuatro toneladas de cabello humano. Hombre, mujeres y niños de ambos sexos eran rapados -antes o después de su ejecución- para conservar su cabellera para otros usos (se dice que para rellenos de almohadas y colchones e incluso para la confección de pelucas).
Con ojos aterrados vimos esta constatación de la barbarie. Yo me impresioné al contemplar el pelo de una niña que conservaba dos magníficas trenzas de cabello, castaño rubio (me parecieron muy parecidas a las que a veces le hacía mi mujer a mi hija Manon); esas trencitas se destacaban encima de una parva de cabello humano de todo color y textura.
Imposible de saber cuántos miles de personas pasaron por esa lóbrega
peluquería antes de terminar como un puñado de cenizas o como un escuálido
cadáver enterrado en las innumerables fosas comunes de los bosques cercanos a Auschwitz.
En este infierno terrenal, un personaje diabólico encarnaba todo el poder y el sadismo desequilibrado que allí se respiraba: el famoso doctor Josef Mengele, conocido como el “ángel de la muerte”; en Auschwitz él podía decidir si un prisionero iba a la cámara de gas, si se lo destinaba a sus desquiciados experimentos, o si iba a trabajos forzados para garantizarle una muerte más lenta.
En la vista al museo de Auschwitz se pueden recorrer los barracones en
los que pernoctaban hacinados y casi congelándose de frio, sobre todo en el
invierno, centenares de famélicos prisioneros que habían sobrevivido de un día
al otro, a los trabajos forzados, a la desnutrición y al maltrato.
La visita para un espectador algo sensible es realmente aterrorizadora…
En uno de los galpones se pueden observar centenares de miles de zapatos, mucho deformados y destrozados por el uso en labores forzadas y grandes marchas a campo traviesa en los pies de sus propietarios originales o en los de quienes se los apropiaban para poder cubrírselos para soportar esas rudas faenas sin sentido.
En otro galpón, millares de maletas y petacas se superponen unas sobre
otras hasta la eternidad… en muchas de
ellas se leen los nombre de sus originales propietarios y el ciudades y destinos
no alcanzados por ellos… muda evidencia de que cuando fueron interceptados buscaban
ir hacia esos sitios, pero llegaron a otro, éste sin retorno, en esas
instalaciones de opresión y de muerte. Su contenido por supuesto, debió ser
saqueado por los carceleros, pero las maletas vacías han quedado arrumadas para
testificar ese intento fallido de transición hacia la libertad.
En otro galpón un cúmulo de lentes con sus armazones de metal o de
carey muestra que a vivos y a muertos se les despojaba de esos adminículos
indispensables, vínculo entre la mente y la sensibilidad de sus originales
portadores -a través de sus ojos- con libros, partituras y decenas de otras
formas de expresiones culturales, artísticas, científicas, tecnológicas y toda
clase de labores intelectuales y manuales. Otra forma de matar a los vivos y de
pisotear la memora de los muertos.
En algún otro barracón cientos de latas, platos, tazas, tazones,
pocillos y un sinnúmero de otros recipientes, dan cuenta de los medios que
usaban los prisioneros para recibir las magras raciones que les permitían
albergar la esperanza de sobrevivir en ese averno, merced a un cuenco de sopa
medio fría que recibían de vez en cuando.
Más allá, el visitante puede observar una colección innumerable de
brochas de afeitar. Resulta extraño que se las haya conservado… no sé por qué inexplicable
razón, eso objetos se encontraron acumulados en las instalaciones de aquel
campo de terror y de muerte y no fueron motivo de la rapiña de los carceleros
como tantas otras cosas valiosas o no, de las que despojaron a los prisioneros
y a las víctimas de esa sistemática carnicería.
Si la crueldad y la barbarie del ser humano no pueden ser explicadas,
tampoco es factible intentar explicar extrañas decisiones como el haber
guardado para la posteridad miles de brochas de afeitar usadas… Fijación o
estupidez, vaya uno, a saber…
No puede concluir la vista de Auschwitz.
A la mitad del recorrido por celdas, cámaras de gas, hornos de
cremación, barracones dormitorio y galpones de exhibición de todos esos
recuerdos… y golpeado por la sensación de caminar en medio de tantas y tantas
víctimas, de tanto sufrimiento, de tanta angustia, de tanto dolor, de tanto
odio, de tanto rencor, de tanto miedo, de tanto terror, de gritos y miradas
desgarradas y desgarradores, de violaciones, de separaciones forzadas, de tantos
asesinatos, de muertes violentas, de sadismo, de miseria humana, de impotencia,
de crueldad… simplemente me enfermé.
No podía dar un paso más, me daba vuelta el estómago y me sentía
mareado. Tenía arcadas reiteradas, aunque no llegué a vomitar… Expliqué el caso
a mis acompañantes y emprendí el camino de regreso hacia la parada de bus.
Tenía un deseo inmanejable de llorar por todos los pecados del mundo…
Nunca me
había sentido tan apesadumbrado, golpeado y abatido…
En las inmediaciones encontré un bar y me eché dos tragos
secos de un aguardiente de frutas que me volvió el alma al cuerpo.
Cuando mis
amigos salieron tomamos el bus de regreso a Cracovia. Hicimos el recorrido con
la mirada perdida y sin hacer comentario alguno. Todos estábamos profundamente
conmovidos por la visita a aquel lugar tan atormentador.
Felizmente en la tarde, recorriendo las bellas calles y plazas de
Cracovia, encontramos un grupo de otavaleños que tocaban dulces y
tranquilizadoras melodías andinas. Eso fue para mí un calmante providencial y
logré reaccionar del fuerte impacto de aquella jornada.
Al final de la tarde, poco a poco, pudimos recuperar la suficiente presencia de ánimo
para poder comentar las impresiones y sensaciones de la impactante visita
realizada en la mañana.
Hasta ahora cuando recuerdo sus detalles se me paran los pelos de punta
aunque han pasado ya casi veinte años de aquella desgarradora experiencia.
Me parece aterrador que expongas una imagen sobre el cabello humano cuando está "expresamente prohibido" hacer fotos en esa sala por respeto a las víctimas. No se si lo haces por dar morbo a los lectores de tu blog o simplemente falta de respeto a las miles de victimas asesinadas alli. Es escalofriante navegar por la red y encontrar este tipo de blogs. Deberían prohibirtelo! simplemente mencionando el hecho es suficiente para imaginarse la barbarie, no hace falta poner imagenes irrespetuosas.
ResponderEliminarNo veo por qué pueda ser un irrespeto, si la intención de todo esto es que la gente no olvide ese horror... Si lee bien el post, podrá darse cuenta que el autor no solo habla con respeto, sino que además siquiera pudo terminar la visita de lo terrible y dolorosa que le resltó la experiencia.
Eliminar"Una imagen vale más que mil palabras". Mucha gente no deja de conducir ebrio hasta que ve una imagen de un decapitado en un accidente similar, por más que le han dicho toda la vida lo peligroso que es.
En mi caso particular, si mi muerte sirve para que no se repita un horror, será un honor que se muestren las fotos.
Y finalmente, la foto publicada se nota que es de otro site, seguramente sea alguna foto de tipo oficial.
Creo que debería disculparse con el autor por el nivel de su discurso.
Perdona pero yo no veo nada como falta de respecto ...es una realidad que tenemos que ver y los que no podemos viajar.
EliminarDesde nuestro continente solo me he dado cuenta de éste episodio torcido de la historia humana a través de reportajes y blogs como el suyo. Honrar las memorias a través de la contemplación de su tragedia por medio de sus pertenencias. Gracias por compartir.
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