martes, 21 de agosto de 2012

Polonia 4: Auschwitz, doña Custodia y Mahikari (continuación)


Como ya he relatado estuve en Varsovia en 1993 y aproveché para conocer Cracovia y el campo de concentración de Auschwitz.  Esa visita fue tan impactante que no puede concluirla.

Nunca me había sentido tan apesadumbrado, golpeado y abatido…

Cuando regresé a Quito el impacto seguía acompañándome día tras día. No era solo un problema de sensaciones, percepciones o recuerdos. Tampoco de un malestar sicológico como consecuencia del contacto con tantos estímulos aterradores. Sentía algo en mi interior, algo raro, como un pesar desconocido.

Un sábado fui a la oficina para tratar de trabajar pero hasta el medio día no había logrado escribir ni media página, en vez de ir a la casa fui a parar al Centro Histórico y se me ocurrió que podría provechar la ocasión para echarle un vistazo a las obras de remodelación de la plaza de Santo Domingo, un proyecto de mi amigo Hernán Burbano. Una vez allí observé el arco del convento de Santo Domingo que permite la conexión de la plaza con la calle Rocafuerte, eje del tradicional barrio conocido como la “Loma Grande”, que la sabiduría popular del viejo Quito bautizó como la “Mama Cuchara”.

Crucé el arco y comencé a caminar por esa singular vía. Casi de inmediato algo raro comenzó a sucederme de forma inexplicable.

Sentía como un recuerdo borroso que pugnaba por aflorar sin conseguirlo; como la sensación que uno tiene cuando trata de recordar un nombre sin lograrlo, salvo que yo no tenía idea de qué debía tratar de recordar…

Cinco o seis años atrás, mi amigo Mario Solís me había hablado de una “vidente” y “sanadora” que él había conocido y que moraba en ese barrio. Incluso me dio algunas indicaciones para llegar a la casa donde vivía y atendía.

Sentí la necesidad de encontrarla y visitarla; ¿para qué?, o ¿por qué?, no lo sabía; pero desde lo más profundo de mi interior, algo me decía que debía buscarla en las inmediaciones de la “Mama Cuchara”.

Cuando di con ella, se quedó escrutándome un rato y dijo: - “¡Qué raro!...  -“no le veo la energía”…

Siguió observándome y luego de un rato me preguntó: -“¡¿dónde se ha ido a meter?!”

Yo la miré asombrado… pero antes de decir nada, ella añadió de forma enérgica: -¿ha estado en algún cementerio, en alguna iglesia vieja?, ¿dónde?...

- “Estuve en el campo de Concentración de Auschwitz”, dije...

Ella cerró los ojos y tomándose las sienes con las manos replicó…  -“¡que masacre!... ¡ha sido horrible!... y nuevamente me dirigió la palabra, esta vez como retándome: -“¡cómo se le ocurrió ir a meterse allí!”… Sin atinar qué responder… balbuceé: -“ese campo es ahora un museo”…

-“¡Qué museo ni que nada!... dijo… - “¡ahí hubo una masacre!”… “¡como sufre esa gente!”… y tapándose la boca musitó: -“¡qué horror!”…

Desde ese momento ella sólo siguió observándome sin pestañar. No hacía ningún tipo de movimiento ni decía nada… Sentada frente a mí, a una distancia de más de cuatro metros.

De vez en cuanto yo sentía una espacie de escalofrío que me subía por la columna vertebral y sentía como si algo se desprendiera por la nuca como cuando uno tiene esa sensación de miedo que hace que se pongan de punta los pelitos de la parte posterior e inferior de la cabeza, sobre los hombros y el cuero cabelludo. Sentí eso una vez y otra, varias veces seguidas…En todos esos momentos, sin mediar ni un gesto ni movimiento alguno de mi parte, ella me señalaba con los dedos índices paralelos y juntos y subiéndolos hacia arriba describía con ellos una suerte de arcos divergentes a medida que alejaba el uno del otro, como cuando se describe el trayecto de los fuegos artificiales.

Ese instante cuando yo sentía el escalofrío, ella hacía el movimiento e invariablemente decía: -“¡ya salieron!”…

Lo curioso es que en otras ocasiones yo sentía esa extraña sensación más bien hacia abajo, como si algo descendiera por la espalda y luego se desprendiera hacia los costados a la altura de los riñones. Cuando esa sensación como de miedo, salía por allí, hacia abajo… ella -sin equivocarse- me señala con los dedos y describía las parábolas también hacia abajo… alejando los dedos al mismo tiempo que  repetía: -“¡ya salieron!”…

Estuvimos en eso al menos por una media hora, tal vez más… a veces cerraba los ojos, se tomaba la cabeza con las manos en las sienes y repetía: -“¡cuánto sufrimiento!”… “¡qué horror!”

En un momento dado, exclamó: - “bueno… ¡no se puede hacer más!”.

… y dirigiéndose a mí, dijo: -“voy a pincharle para reactivar y equilibrar su energía… usted ha estado muy mal”…; añadiendo luego: -“¡felizmente vino a verme… no sé que hubiera podido sucederle, nunca he visto a alguien tan cargado!”.

Luego me dio instrucciones para hacer por escrito una especie de plegaria por todas las personas torturadas y fallecidas en el campo de concentración. Me dijo que debía pedir perdón por ellos y pedir para que ellos, a su vez, pudieran perdonar. Aclarando luego que sólo a través del perdón podrían trascender sin seguir atados al terror, al rencor y al odio que latían en ese sitio tenebroso. Me recomendó escribir todo lo que yo considerara sentimientos altruistas para ellos y que luego de leer el texto en voz alta, lo quemara junto a algún lugar donde hubiera agua corriente (un riachuelo, un río, incluso un canal o una acequia) y tirara las cenizas al agua, para que esta se las lleve a todos los confines del mundo.

Me hizo acupuntura en todo el cuerpo y luego caminó alrededor mío esparciendo algún líquido con perfumes florales. Me dijo que si en la noche sentía entumecimiento o malestar me tomara algún calmante y desinflamante pues me había tenido que aplicar una dosis rigurosa y extrema para devolverme el equilibrio.

Le pregunté cuanto le debía, pagué y le agradecí sinceramente. Era evidente: me estaba sintiendo mejor. Al despedirme me pidió que le repita el nombre de aquello que yo había mencionado como un arte que había aprendido y practicaba.

-“Mahikari”, dije.

Al escuchar ese nombre, cerró los ojos un instante y se quedó inmóvil como meditando.

-“Qué palabra tan potente… ¡poderosa!..., dijo.

-“y… ¿qué es lo que usted hace?... ¿cómo funciona?, dijo.

Comencé a esbozar una respuesta tratando de ser claro y sintético. – “Es una práctica de origen japonés”… dije. - “Se hace una especie de trasmisión de energía con la mano, tratando de que le llegue a quien recibe para purificar su aspecto espiritual, mental y físico”… añadí.

Se quedó pensando en mi explicación y preguntó de inmediato: - “¿Usted puede ver la energía de las personas?”.

-“¡No!..., le respondí.
– “Al menos yo, ¡no!”…

No dijo nada más y yo tampoco. Yo no sabía que más decirle o explicarle…

Después de unos largos segundos en silencio, se me ocurrió darle alguna explicación adicional.

-“Antes de comenzar una sesión, se deben entonar unas frases en japonés”… dije.

Aclarando luego (como para justificar mi intempestiva afirmación): esas frases tienen una traducción claro… pero su importancia radica en la fuerza de los sonidos, en la fuerza espiritual de cada palabra y de cada frase, adecuadamente pronunciadas.

Me escuchó y se quedo como meditando, sin decir nada.

Se me ocurrió preguntarle: - “¿quiere oír esa entonación?”

Luego de unos segundos me hizo una leve señal afirmativa con la cabeza, sin decir nada.

Realicé tres palmadas de forma secuencial y sonora y recité esas palabras con voz fuerte, firma y grave; con ritmo continuo como un torrente.

Desde el inicio doña Custodia cerró los ojos y en un cierto momento se llevó las palmas de las manos a la cabeza. Sosteniéndose las sienes inclinó levemente la cabeza y mantuvo los ojos cerrados durante todo el tiempo.

Al finalizar le pedí abrir los ojos y le consulté si se encontraba bien.

La note como alelada. Luego de un buen tiempo abrió la boca y exclamó: - “¡qué increíble!”… Volvió a cerrar los ojos y luego de unos instantes volvió a repetir: - “¡qué increíble!”…

Luego de algunos segundos, exclamó: - “¡es el mantra más fuerte y poderoso que he escuchado en mi vida”… - “¡qué increíble!”…

Yo estaba asombrado y, con la boca abierta, no atinaba qué decir…

Pregunté por fin: - “¿desea que le trasmita okiyome?”… Hizo un gesto como preguntando: -¿De qué me está hablando?... y yo arrepentido de haber usado esa palabra japonesa, le dije como rectificando: - “¿desea que le trasmita energía?”…

Luego de unos segundos me hizo una leve señal afirmativa con la cabeza, sin decir nada.

Le pedí cerrar los ojos, le expliqué que debería mantenerlos cerrados por diez minutos y que yo le avisaría cuándo podría abrirlos nuevamente. Volví a hacer las palmadas y entoné nuevamente, esta vez con más energía y vigor, las palabras que tanto la habían impresionado.

Le trasmití okiyome diez minutos y luego de ese tiempo le solicité abrir los ojos.

Al hacerlo volvió a repetir: - “¡qué increíble!”…; añadiendo esta vez: – “¡extraordinario!”…
De inmediato me increpó de forma enérgica: - “¡usted no tiene idea de la potencia que tiene lo que me ha hecho!”… - “¡no tiene la menor idea!”… - “¡si usted comprendiera el poder de esas palabras y la fuerza que sale de su mano, tendría más respeto cuando explica y cuando trasmite esa energía!”…

 - “¡Qué increíble!”…, volvió a repetir… Añadiendo luego: -“cuando se trabaja con energías, cuando se interfiere en el mundo “no material”, usted se carga, se afecta”…, -“A mí, me toca darme baños con plantas medicinales, meditar, limpiarme, auto-depurarme”…

-“Todos los domingos hago eso”… - “’¡no puedo hacer otra cosa!”… después del trabajo de la semana me hago reiki a mí misma, me limpio, me doy baños!”… -“¡Todo un día para quedar “medio, medio” limpia!”… y usted, -“¡en diez minutos me ha dejado como nueva!”…  

- “¡No tiene idea de la potencia que tiene lo que me ha hecho!”… - “¡No tiene la menor idea!”…

Volvió a alzar la voz y me dijo: - “¡no tiene idea!”… - “¡O toma esto en serio o mejor lo deja!”…

Me miró fijamente y volvió a decirme: –”¡o lo toma en serio o lo deja!”… -“¡¿me entendió?!”…

Asentí con recelo, nos quedamos mirando y sin saber qué hacer o qué decir, solo atiné a despedirme agradeciéndola nuevamente.

Me condujo hacia la puerta, abrió las numerosas cerraduras, no me dio la mano… señalando la calle, dijo simplemente: -“hasta luego, cuídese”… salí y ella cerró de inmediato la puerta.

Fue una experiencia extraordinaria. Salí como a las seis de la tarde, ya estaba anocheciendo, yo estaba en mangas de camisa pero no sentía frio, más bien me sentía lleno de vitalidad y de fuerza… camine por la “Mama Cuchara” de regreso, llegué a la plaza de Santo Domingo y fui a buscar mi auto… felizmente estaba en perfectas condiciones a pesar de haberlo dejado en un lugar medio tenebroso…

Llegué a la casa y me dormí de inmediato. Dormí doce horas seguidas. Al día siguiente amanecí como nuevo.

Me encontré sin problemas de fatiga y de concentración. Terminé mi informe y pude viajar a Francia liberado de esa responsabilidad. Al llegar, una de las primeras cosas que hice fue contarle esta experiencia a mi mujer y juntos hicimos una pequeña fogata junto al río Loing en cuyas orillas mis suegros tenían una casa de campo. Leí en voz alta un texto que había preparado pidiendo por las víctimas del holocausto y particularmente por las de Auschwitz. Quemamos esa hoja en la fogata y echamos las cenizas al río. Mientras se iban entoné a viva voz las palabras que tanto impresionaron a doña Custodia, para que su efecto purificador pudiera contribuir también a liberar a  esas personas de todas sus ataduras.

En otros relatos he escrito sobre las extraordinarias experiencias de Mahikari, creo que las he podido vivir porque desde hace casi veinte años “tomé esa práctica en serio” siguiendo las recomendaciones de doña Custodia, cuando insistentemente me recalcó: - “¡O toma eso en serio o mejor lo deja!”…

lunes, 20 de agosto de 2012

Polonia 3: Los espíritus de Auschwitz y doña Custodia


Como ya he relatado estuve en Polonia entre el 16 y el 21 de mayo de 1993 para asistir a un Seminario Internacional titulado “El agua y la sociedad civil” que organizamos en Varsovia con mis colegas del Secretariado Internacional del Agua – SIA.

Ese evento se  desarrolló desde el lunes 17 hasta el miércoles 19 al medio día. Mi vuelo de regreso era el viernes 21 en la tarde, así que aproveché que tenía libre la tarde del miércoles y el jueves 18 para conocer Cracovia y una vez allí, visitar el campo de concentración de Auschwitz.  

Auschwitz fue un tenebroso complejo, mezcla de campo de concentración, centro de  “experimentación médica” y lugar de exterminio masivo de prisioneros durante el régimen nazi luego de la invasión de Polonia en la Segunda Guerra Mundial.

Auschwitz está situado a 43 km de Cracovia; se calcula que allí fueron asesinados entre 1,5 millones y 2,5 millones de personas, la gran mayoría de ellas judías, además de otros prisioneros de guerra. En sus instalaciones, otro medio millón  de personas perecieron por enfermedades, por las infrahumanas condiciones sanitarias y por hambre.

En el museo que se ha adecuado actualmente en las barracas de los prisioneros y en otras instalaciones de este inaudito lugar, existen áreas de exhibición especializadas donde el visitante puede constatar con horror las evidencias de este genocidio abominable.

La visita es tan impactante que yo no puede concluirla.

Como ya relaté, a mitad del recorrido por celdas, cámaras de gas, hornos de cremación, barracones dormitorio y galpones de exhibición de tenebrosos recuerdos del holocausto, espiritualmente golpeado por la sensación de caminar en medio de tantas y tantas víctimas, de tanto sufrimiento, de tanta angustia, de tanto dolor, de tanto odio, de tanto rencor, de tanto miedo, de tanto terror, de gritos y miradas desgarradas y desgarradores, de violaciones, de separaciones forzadas, de tantos asesinatos, de muertes violentas, de sadismo, de miseria humana, de impotencia, de crueldad…, simplemente me enfermé.

No podía dar un paso más, me daba vuelta el estómago y me sentía mareado. Tenía arcadas reiteradas, aunque no llegué a vomitar…

Nunca me había sentido tan apesadumbrado, golpeado y abatido…

Regresé a Quito y el impactó de esa escalofriante visita seguía acompañándome día tras día. No era solo un problema de sensaciones, percepciones o recuerdos. Tampoco de un malestar sicológico como consecuencia del contacto con tantos estímulos aterradores. Sentía algo en mi interior, algo raro, como un pesar desconocido.

Con el pasar de los días y haciendo uso de una gran dosis de fuerza de voluntad traté de ir poniendo distancia con esos recuerdos y traté a la vez de desembarazarme del impacto de esa visita en mi “yo” más sensible… Pero no siempre lo lograba… a veces me descubría, con la mirada perdida y con una especie de profunda tristeza inexplicable… 

En la ofician estaba acabando el informe de algún trabajo que debía entregar a fines de junio pero no lograba concentrarme en las tareas que me proponía cumplir y que programaba y reprogramaba un día tras de otro. Si debía leer algo, simplemente no podía hacerlo, si debía escribir o redactar algo, tampoco… Leía un párrafo y al llegar al siguiente, no tenía la menor idea del contenido del precedente. Trataba de escribir y no me salían las palabras, ni lograba hilvanar las frases con coherencia… Me quedaba mirando la pantalla del computador con una extraña sensación de vacío.

No tengo mucha claridad respecto a las fechas de lo que voy a relatar pero viví todo este proceso de malestar constante entre el 22 de mayo de 1993, fecha en la que regresé a Quito desde Varsovia y el 31 de julio de ese año, fecha en la que volví a salir de Quito hacia París, para reunirme con mi familia pues desde hace varios meses atrás, habíamos planeado darnos una escapadita a tierras galas para visitar a la familia de mi mujer. Yo iba a realizar ese viaje aprovechando que iba a asistir al “Segundo Foro Global del Agua” que el Consejo de Concertación sobre Agua y Saneamiento iba a realizar en Marruecos.

Mi familia salió de viaje con anticipación, yo tenía un pasaje unos tantos días después, así que me concentré en tratar de acabar el informe que me atormentaba.

Un sábado fui a la oficina para tratar de trabajar pero, hasta el medio día, no había logrado escribir ni media página. Decidí que debía descansar el fin de semana sin atormentarme y ver que podría hacer el lunes siguiente. Salí de la oficina, subí a mi carro y tomé la ruta que normalmente uso para dirigirme a mi casa.

¡Oh sorpresa!, luego de varios minutos de rodar en el vehículo, me di cuenta que en vez de tomar la ruta que me habría conducido al norte de la ciudad, había tomado otra opción que me estaba encaminando al Centro Histórico de Quito… Al darme cuenta de mi error pensé en buscar alguna vía para abandonar esa ruta y poder dirigirme hacia la casa. Sin embargo como ya estaba cerca del “Centro”, se me ocurrió que podría provechar la ocasión para echarle un vistazo a las obras de remodelación de la plaza de Santo Domingo, un proyecto de mi amigo Hernán Burbano, que estaban ejecutando el Municipio.

Me enrumbé entonces por la calle Guayaquil hacia aquella plaza, llegué hasta allí y estacioné el auto para darme una vuelta por las obras aun no concluidas.

A partir de ese momento comenzaron a desencadenarse una serie de acontecimientos muy particulares.

Había apenas comenzado el recorrido por la plaza cuando se me acercó un guardia para informarme que no podía dejar mi carro en aquel sitio y me dio instrucciones para retirarlo de inmediato y dejarlo en una calle pequeña más distante. Al subir al vehículo pensé en abandonar la visita y enrumbarme para mi casa. Sin embargo algo misterioso me hizo cambiar de idea. Llegué a la calle de la Ronda y aun cuando el único sitio de parqueo disponible estaba frente a una cantina de mala muerte donde un grupo de borrachitos alborotaba disputándose una botella de aguardiente barato, sentados en la vereda, hice las maniobras necesarias, estacioné y dejé allí el carro.

Llegué a la plaza, la recorrí, verifiqué los detalles de diseño y los materiales que Hernán había previsto para esa obra y que me los había relatado algunos días atrás; pensé retirarme en busca de mi vehículo una vez cumplido mi cometido. Comencé a  desplazarme hacia el sitio donde lo había dejado pero, al fondo de la plaza, observé el arco del convento de Santo Domingo que permite la conexión de la plaza con la calle Rocafuerte, eje del tradicional barrio conocido como la “Loma Grande”.

Este viejo vecindario del  Centro Histórico de Quito, se estructura con casonas de dos pisos a un lado y otro de aquella calle que corre de este a oeste en la cima de una colina y pequeños pasajes o callejas perpendiculares cada cierto trecho, a manera de una espina de pescada, que dan acceso a casas semejantes también de una o dos plantas. La calle Rocafuerte se inicia en el Arco que había atraído mi atención y termina luego de de ocho o diez cuadras en un cul-de-sac (como el urbanismo francés denominó a estas calles sin salida que sólo permiten el retorno de los vehículos merced a un ensanchamiento redondeado de su geometría). La  sabiduría popular del viejo Quito bautizó a esta larga vía con el redondel sin salida en su extremo oriental como la “Mama Cuchara”, en alusión a esas enormes cucharas de madera que servían para mover la sopa en las colosales ollas usadas en internados, cuarteles, conventos y casas de familia con diez hijos, tías solteronas, ahijados recogidos, abuelitos sin dientes y numerosa servidumbre.

Hasta ahora ese apelativo es usual y cotidiano, casi nadie se acuerda del nombre de Vicente Rocafuerte que consta en la señalización municipal en ese barrio. Vecinos, taxistas y habitantes del Centro de Quito conocen y se refieren a esa vía como la “Mama Cuchara”.  

Crucé el arco y comencé a caminar por esa singular vía. Casi de inmediato algo raro comenzó a sucederme de forma inexplicable. Sentía como un recuerdo borroso que pugnaba por aflorar sin conseguirlo; como la sensación que uno tiene cuando trata de recordar un nombre sin lograrlo, salvo que yo no tenía idea de qué debía tratar de recordar…

A los diez o doce metros luego de haber atravesado el arco, algo se estructuró en mi mente aunque todavía de manera imprecisa, brumosa.

Cinco o seis años atrás, mi amigo Mario Solís me había hablado de una “vidente” y “sanadora” que él había conocido en alguna circunstancia cuyos detalles no recordé en esa oportunidad y tampoco ahora. Mientras caminaba saltó a mi cabeza lo que Mario me había comentado sobre esa mujer y, sobre todo, sobre el hecho de que moraba en ese barrio. Incluso me dio algunas indicaciones para llegar a la casa donde vivía y atendía.

Sentí la necesidad de encontrarla y visitarla. ¿Para qué?, o ¿porqué?, no lo sabía; pero desde lo más profundo de mi interior, algo me decía que debía buscarla en las inmediaciones de la “Mama Cuchara”.

No había caminando ni siquiera media cuadra cuando su nombre se materializó nítidamente en mi cerebro. La persona que buscaba sin razón aparente, se llamaba Custodia Castro. Cuando recordé el nombre, la historia de Mario se  hizo más precisa; recordé que me había comentado que esta persona tenía cualidades paranormales. 

Parece que desde pequeña doña Custodia podía ver el aura de las personas, leer en ella si pensaban de forma positiva, si actuaban con sinceridad, con sentimientos nobles, con bondad, con altruismo o si por lo contrario pensaban de forma negativa, trataban de aprovecharse de ella, si tenían malas intenciones, o actuaban con bajeza…

Según contó Mario, doña Custodia siempre fue así; podía saber qué tan sinceros eran sus padres al pedirle, ordenarle o proponerle, algo; podía saber si sus profesores eran generosos o mezquinos, podía saber si sus amigas le mentían o trataban de encañarla… en fin…parece que tenía cualidades que suenan extraordinarias pero que la hacían sufrir mucho pues podía interpretar con claridad las actitudes de los demás, lo cual no siempre era fácil para ella ni para relacionarse con otras personas.

Según me relató ella misma, pronto aprendió a jugar con el aura o la energía de las personas… en la iglesia o en la escuela, podía subir la energía del cura o de la maestra, con la mente y la mirada… un sermón adormecedor o una clase aburrida podía pasar a una prédica elocuente y apasionada o una disertación maravillosa sobre héroes y batallas…

Así aprendió también a ayudar a los demás y a curar… pero también a generar sueño y a bajarle las revoluciones a su padre cuando se indignaba, a un vendedor abusivo, a sus hermanos cuando la molestaban. También a vengarse; pero pronto comprendió que sus cualidades debía usarlas sólo para “el bien” y no para “el mal” como ella mismo me dijo.

Parece que sus padres y maestros al darse cuenta que la niña tenía este tipo de “poderes” se asustaron mucho. Ella sabía cuando le mentían, cuando detrás de sus palabras había una segunda intención, cuando trataban de engañarla… Los adultos comenzaron a reprimirle, la encerraban, la pegaba, la reprendían para que “olvide” esas cualidades que no podían comprender ni explicar…

Según parece se encerró en sí misma, casi no salía, no tenía amigas… y si bien siguió viendo e interpretando la energía de las personas, dejó de mostrarles que ella lo hacía…  simplemente se refugió en una muralla de aparente indiferencia ante todas las cosas y ante toda la gente. Sus ojos dejaron de ser expresivos y los gestos de su cara y el resto del cuerpo se camuflaron en una especie de careta aparentemente incapaz de mostrar asombro, sorpresa, felicidad, miedo, complicidad, ternura o furor.

Cuando ya estaba saliendo de la adolescencia, un joven galán se le cruzó en el camino, le habló de amor y le prometió las estrellas. Ella sabía que mentía; pero alentó los embistes de verbo fácil y poco sinceros del enamorado, pues pensó así podría librase de las rigurosas  restricciones de la casa paterna y comenzar a disfrutar de sueños e ilusiones que le cortaron tempranamente en la niñez y en los primeros años de la adolescencia. Aceptó casarse; evadió la indignada oposición de sus progenitores y se fugó de la casa a los dieciséis años.

El marido le salió un irresponsable… a más de mujeriego y bebedor, era embustero y derrochador. Le hizo cuatro hijos y aportaba poco para su mantenimiento, cuando ella con su capacidad para leer el aura, le comenzó a sacar en cara lo que él trataba de esconder detrás de explicaciones sumamente elocuentes y a mostrarle que sabía lo que en realidad había hecho, dónde había estado y  con quién… el tipo al principio se asustó, luego se indignó y por fin, comenzó también a reprimirla, encerrándola e incomunicándola pues creía que tenía espías que le seguían y le luego le contaban a ella todos sus movimientos y relaciones.

Le acusó de tener amantes que a cambio de  sus favores cumplían ese rol de pesquisas y chismosos. Luego comenzó a agredirla verbalmente y un día, llegó a levantarle la mano.

Hasta ahí llegó la cosa.

Cuando el hombre llegó a la casa en la noche, doña Custodia, en esa época un mujer de menos de veinte y cinco años, había empacado la ropa y con sus cuatro críos y un saco de yute con dos o tres cacharros, abandonó al marido con sus amantes y sus deudas.

Buscó a alguna amiga que le dio posada en los primeros días y de inmediato comenzó a buscar trabajo y un lugar donde vivir. Sin embargo no fue fácil. Apenas había acabado la primaria. No había estudiado nada, no sabía hacer nada, no tenía experiencia de ningún tipo.

Consiguió empleos temporales de toda ìndole, vendedora, mucama, empleada de diversas tiendas, oficinas y personas pero sus “facultades” siempre le resultaban un problema… de inmediato descubría las intenciones de sus empleadores y renunciaba o la despedían cuando los encaraba o cuando se defendía.

Con el tiempo llegó a ser asistente de un médico homeópata y acupunturista, viejo y tímido así que con él trabajó varios años. En su consultorio se ocupaba de todo; hacía la limpieza y ordenaba las tres piezas de aquel sitio, una mínima salita de espera/recepción, un sitio de atención a los pacientes y un mínimo baño; tomaba las citas, atendía la puerta, respondía el teléfono y ayudaba al médico pasándole sus agujas y los frasquitos con grajeas, esencias y extractos de nombre impronunciable.

Parece que las personas como ella pueden ver los puntos de la acupuntura como astros brillando en el firmamento de la piel y aun las redes energéticas como los circuitos de un minúsculo cableado. Ella creía al principio que el médico también veía esa realidad energética y se asombraba que en ocasiones los pinchazos destinados a puntos -titilantes y evidentes- iban a parar a un lado, guiados por la mano temblorosa del viejo doctor.  

Al darse cuenta que no era así y que el galeno se guiaba por mapas aproximados que había estudiado muchos años atrás y no por los puntos que ella observaba claramente ella se sintió desilusionada, pero siguió ayudándole. Pronto el médico descubrió que podía sacar partido de los dones de su asistente; cuando recibía a un paciente ella se situaba a un costado, con la excusa de sostener los instrumentos, pero su misión en realidad era guiar la mano de su jefe hacia el sitio exacto donde las agujas chinas o inyecciones de xilocaína de la acupuntura alemana, daban resultados evidentes.

La fama del médico aumentó de inmediato pues casos exitosos y pacientes agradecidos constituyen la mejor forma de publicidad en nuestro medio.

Doña Custodia por su lado, comenzó a estudiar en los libros de su jefe, hacía preguntas y averiguaba aquello que no entendía, y por último gracias a sus cualidades innatas, al poco tiempo se hizo una verdadera especialista en acupuntura y homeopatía.

El viejito no valoró lo importante que resultaba tener una asistente con esa potencialidad y siguió explotándola, no la relevó de las tareas manuales y  por supuesto tampoco le mejoró el sueldo. Más bien un día en que ella urgida por sus necesidades domésticas, se atrevió a pedirle un pequeño aumento, el tipo se exaltó, la trató mal, le dijo que no era sino una fregona  pretenciosa y que siguiera ocupándose de trapos y escobas y dejara de creerse su asociada o su enfermera…

Hasta ahí llegaron las cosas, desde el día siguiente, simplemente no volvió a pisar el consultorio. Con sus pocos ahorros se hizo de un equipo básico de acupunturista y abrió sin permiso, diploma ni licencia su propio gabinete de atención a todo tipo de pacientes.


Luego estudió, aprendió por su cuenta y comenzó a aplicar gracias a sus poderes y a su intuición otra serie de terapias y formas de diagnóstico y sanación; dígito-puntura, masajes, reiki, color-terapia, aromo-terapia, lectura del iris y quién sabe cuántas cosas más.

Su potencial se basaba en la posibilidad de ver, entender e intervenir en enfermedades del cuerpo, la mente y el espíritu; de entender, diagnosticar y resolver males de esta vida y de vidas pasadas, de mal funcionamiento de órganos y sistemas, de daños causados por agentes patógenos, virus, microorganismos, bacterias u hongos, pero también por sentimientos negativos (rencores, resentimientos, celos y envidias) propios o de otros sujetos (vivos o no), que llegan a la gente como dardos ponzoñosos, enfermándola o matándola de a poco.

Con todos esos saberes, doña Custodia, adquirió fama como sanadora del cuerpo y el alma, salió adelante en la vida, crió a sus hijos, les dio educación y garantizó la subsistencia de la familia.

Pero volvamos a mi búsqueda de doña Custodia Castro en la “Mama Cuchara”…

Apenas recordé el nombre de esta persona, el resto de la información que me había dado Mario (su dirección y cómo orientarse para llegar hasta allí) pugnaba por aflorar sin conseguirlo… algo semejante a la sensación que uno tiene cuando trata de recordar algo que está “en la punta de la lengua” pero no se consigue nombrarlo.

Seguí caminando y vino a mi mente el nombre “Fernández Madrid”. Yo sabía que en la ”Loma Grande” se ubica un conocido colegio femenino que lleva ese nombre, así que avancé dos o tres cuadras hasta la fachada del “Liceo Municipal Fernández Madrid”, busqué algo que me diera pistas adicionales pero, ni al frente de este establecimiento educativo ubicado en la misma calle Rocafuerte, ni en sus inmediaciones, pude encontrar ninguna pista adicional.

Seguí mi recorrido hasta el final de la “Mama Cuchara”, sin haber encontrado nada que me permitiera dar con la dirección de doña Custodia.

Comencé a hacer el camino de regreso, bastante desilusionado, cuando recordé vagamente una cosa adicional… en las indicaciones de Mario (a más de aquello referente al colegio Fernández Madrid), había algo sobre un sindicato… pero no recordaba nada más preciso…

En mi ruta de regreso, pasé frente al colegio, seguí buscando algo –sin saber qué- pero nada de lo que vi me llamó la atención ni atrajo más precisión a mis recuerdos…

Una cuadra después de haber dejado atrás el colegio, me di vuelta para tratar de mirarlo a ver si recordaba algo, cuando un pequeño letrero en un segundo piso de una casa esquinera me llamó la atención. En él se leía claramente: “Gremio de los albañiles – Quito”…

Llegué a la puerta de esta casa pero estaba cerrada, me interné en el pequeño pasaje perpendicular a la calle Rocafuerte, y a unos pocos metros de la esquine cuando leí el nombre de esa callejuela, abrí los ojos desmesuradamente… claramente estaba marcado en la placa de nomenclatura municipal: “Pasaje Fernández Madrid”…

El corazón me dio un vuelco… Las indicaciones que Mario me había dado seis años atrás comenzaban a tener resultados concretos. Recorrí el pasaje deteniéndome en todas las casas para ver si algo me permitía recordar la dirección que me había dado Mario pero ni los números ni las características de las casas me decían algo.

Llegué hasta el fondo y me acerqué a una puerta cerrada incluso toqué pero nadie respondió. Iba a iniciar el camino inverso cuando me llamó la atención que en la puerta de enfrente había dos timbres. Crucé la calle y me acerqué a ellos. En el primero decía (hasta ahora lo recuerdo) “Familia Piedrahita”… iba a llamar para ver si allí me podían dar alguna información cuando me di cuenta que debajo del segundo timbre había un pequeñísimo letrero casi borrado. En él se leía “Custodia Castro”

Dejé que mi corazón se tranquilizara un poco y apoyé mi dedo en ese llamador.

Al principio nadie respondió, timbré nuevamente y luego de un cierto tiempo que a mí me pareció una eternidad, escuche una voz que decía: -“¿A quién busca?”

Respondí con otra pregunta: -“¿La señora Custodia Castro?”

La voz, a su vez, preguntó: -“¿De parte de quién?”…

Al notar una cierta desconfianza en las preguntas, respondí: -“Usted no me conoce, me envía Mario Solís”…

Esperé en silencio y luego de unos segundos escuche el ruido metálico de varias aldabas y cerrojos que se movían.

-“Pase”… me dijo la voz, desde la penumbra.  

Yo no sabía con quién me iba a topar.

Al pasar, luego de que mis ojos se acostumbraron a la semi-obscuridad de un estrecho zaguán embaldosado, me encontré delante de una mujer de mediana edad, posiblemente de más de cuarenta años pero menor de sesenta, algo gordita, más bien pequeña, de pelo relativamente corto, algo rizado, con gruesos lentes sobre sus ojos y un aspecto de ama de casa modesta aunque no pobre: falda de casimir gris hasta media pantorrilla, mocasines negros y un conjunto de blusa y suéter de acrílico verde agua.

Se quedó escrutándome un rato y me preguntó de repente: -“¿Qué le pasa?”…

La pregunta me tomo de sorpresa…

No supe qué contestar…

-“¡No sé!”, respondí.

Sentí como la necesidad de aclarar algo más y pude balbucear, algo así como: -“Mario Solís me habló de usted hace varios años y ahora se me ocurrió venir… pero no sé porqué…”

-“A ver… ¡venga, venga!”.., dijo

Me guió a una puerta que daba al zaguán antes de que éste desembocara en un patio lleno de plantas. La habitación estaba a obscuras.

Me quedé de pie en la entrada mientras ella abría las contraventanas de madera de las dos ventanas de ese local que recibían luz del pasaje.

Pude darme cuenta que era la sala de la casa. Todo era allí muy modesto: piso entablado, limpio aunque no encerado ni lacado, seis sillas con brazos, de estructura de tubo metálico plateado, forradas de tela floreada y recubiertos de plástico transparente…todas alineadas contra las paredes, al igual que una pequeña mesita de hierro forjado y vidrio, con un pote con flores plásticas y un tapete tejido con crochet, todo de colores estridentes.

En una pared se veía un calendario como los que solían regalar en las tiendas y en las ferreterías, éste con un cromo que mostraba un paisaje suizo, con montañas nevadas, un lago y un par de vacas frente a un chalecito de madera.

En otra pared un cuadro mostraba a cuatro perros de razas diferentes, vestidos como humanos y jugando baraja sobre una mesa cubierta con mantel verde.

A un costado, había una especie de aparador con dos puertas de vidrio y tres cajones al centro. En las estanterías interiores se podía apreciar en confuso desorden, muchos papeles, revistas, dos botellas de plástico transparente de cuerpo redondo, con algún líquido en su interior y aspersores de color en su tapa, varias velas y cajas de fósforos, otro pote, con flores de plástico de color rosado y un buda dorado arrumado en un rincón.

En el fondo de la pieza un pequeño escritorio de madera y una silla, como los que se vendían en la avenida “24 de Mayo” o en el mercado de “San Roque”, confeccionados con madera barata, obscurecidos con algún tinte y barnizados con acabado brillante.

Doña custodia jaló una silla hacia la parte central de la habitación, más bien hacia la puerta y ella se sentó tras el escritorio en el otro extremo de las sala.

-“Tome asiento”, me dijo…

Así lo hice, y me encontré a unos cuatro metros de este singular personaje que me  escrutaba con los ojos semi-cerrados…

Después de un rato dijo simplemente: - “¡Qué raro!..., añadiendo enseguida: -“no le veo la energía”…

Siguió observándome y luego de un rato se levantó y salió de la habitación.

Regresó al poco tiempo con un recipiente de vidrio (una especie de frutero plano, un plato con borde alto, si se quiere) y una jarra de plástico con agua. 

Vertió agua de la jarra en el frutero, busco una vela, la encendió con ayuda de un fósforo y la colocó en medio del líquido, ubicando todo sobre el aparador.

Volvió a sentarse detrás del escritorio y continuó observándome con detenimiento.

- ¿Para qué sirven el agua y la vela?, pregunté… No obtuve respuesta; pero ella seguía observándome sin decir nada.

-¿Ha oído hablar de Mahikari”, pregunté. Apenas terminé de formular la pregunta ella hizo un movimiento con la cabeza, retirándola… y cerró los ojos como si le hubiera deslumbrado…

No me respondió nada pero se puso a observarme extrañada, como haciéndolo con más detenimiento…

-“Es curioso”, comenté… añadiendo a continuación: -“yo practico un cosa que se llama Mahikari y allí he aprendido que el fundamento de la vida es el cruce del agua con el fuego”…

-“El fuego vertical”, dije… y puse el dedo índice de la mano izquierda de forma vertical… -“y el agua horizontal”, añadí... poniendo el dedo índice de mi mano derecha en esa posición y cruzándolo sobre el otro como formando una cruz…

Apenas terminé de hacer aquel gesto con los dedos, ella hizo un movimiento con la cabeza, retirándola… y cerró los ojos como si le hubiera deslumbrado…

Al instante exclamó: -“¡ahora ya le veo el aura!”… Oiga… -“¡¿dónde se ha ido a meter?!”

Yo la miré asombrado… pero antes de decir nada, ella añadió de forma enérgica: -¿ha estado en algún cementerio, en alguna iglesia vieja?, ¿dónde?...

Yo estaba como alelado, no sabía de qué me hablaba, no entendía nada… Y claro no sabía qué responder…

Ella me dio una pista: -“Ha estado… (dijo) en un lugar donde ha habido mucho sufrimiento, mucha muerte”… -“Veo hombres, mujeres, niños, todos sufren, ha sido terrible”…

Se me prendió una luz… asocié mi malestar de las semanas previas, con mi viaje a Polonia…

-“Estuve en el campo de Concentración de Auschwitz”, dije...

Ella cerró los ojos y tomándose las sienes con las manos replicó…  -“¡Que masacre!... ¡Ha sido horrible!... y nuevamente me dirigió la palabra, esta vez como retándome: -“¡cómo se le ocurrió ir a meterse allí!”… Sin atinar qué responder… balbuceé: -“Ese campo de concentración es ahora un museo”…

-“¡Qué museo ni que nada!... dijo… - “¡ahí hubo una masacre!”… “¡como sufre esa gente!”… y tapándose la boca musitó: -“¡qué horror!”…

Yo me quedé paralizado mientras ella seguía observándome…

Lo que vino luego, será motivo de otro relato.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Polonia 2: El campo de concentración de Auschwitz

Como ya he relatado estuve en Polonia entre el 16 y el 21 de mayo de 1993 para asistir a un Seminario Internacional titulado “El agua y la sociedad civil” que organizamos en Varsovia con mis colegas del Secretariado Internacional del Agua – SIA.

Ese evento se  desarrolló desde el lunes 17 al miércoles 19 al medio día. Mi vuelo de regreso era el viernes 21 en la tarde, así que aproveché que tenía libre la tarde del miércoles y el jueves 18 para conocer Cracovia y una vez allí, visitar el campo de concentración de Auschwitz.  

Convencí a mis colegas Lilia Ramos, Ibrahima Cheikh Diong, Bunker Roy y Daniel Allard, de hacer ese viaje. Averiguamos que la mejor manera de desplazamiento de Varsovia a Cracovia era por tren, así que compramos un tiquete de ida y vuelta a Cracovia en la Estación Central de trenes de Varsovia, llamada “Warszana Centralna”.

Nos explicaron que había dos tipos de trenes, el normal (que incluía varias paradas intermedias y hacía cinco horas de Varsovia a Cracovia) y el expreso, llamado “Intercity” (que  tomaba sólo tres horas).

Cuando se compra el pasaje de ida y vuelta se consigue un pequeño descuento, así que compramos un billete de ida y vuelta, en el expreso, para el miércoles a las 14h00 y reservamos el regreso para el jueves a las 19h00. Tendríamos que pasar una noche en Cracovia pero eso nos permitiría conocer algo de esa ciudad, el miércoles al final del día.

Cracovia es una de las ciudades más grandes, antiguas e importantes de Polonia. Tiene una población de 760.000 habitantes y está situada a orillas del río Vístula; durante muchos años, fue la capital de Polonia y en la actualidad sigue siendo un importante centro económico, científico, cultural y artístico del país.

En la actualidad Cracovia es un importante destino turístico internacional, pues recibe más de ocho millones de visitantes al año. El centro histórico de Cracovia fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978, al mismo tiempo que el centro histórico de Quito. Fueron las dos primeras ciudades del mundo en recibir tal honor.

El centro histórico de Cracovia, llamado “Stare Miasto” alberga una arquitectura muy rica: renacentista, gótica y barroca; sus iglesias y palacios muestran una gran riqueza en su decoración, acabados y detalles arquitectónicos así como en otras expresiones artísticas que guardan en su interior en lo referente a tallados en madera, vitrales, pinturas y esculturas.

En nuestro tren llegamos a la estación principal de Cracovia llamada “Kraków Główny” situada muy cerca del centro histórico. Nos alojamos en un pequeño hotel no muy distante  y de inmediato salimos a recorrer la ciudad vieja para deleitarnos de su magnífica arquitectura y de todos sus atractivos turísticos.

Al día siguiente tomamos un bus turístico para poder visitar el antiguo campo de concentración de Auschwitz, hoy convertido en museo del holocausto.

Auschwitz fue un tenebroso complejo de campo de concentración, centro de  “experimentación médica” y lugar de exterminio masivo de prisioneros, judíos, polacos y de otras nacionalidades, durante el régimen nazi luego de la invasión de Polonia de 1939 a inicios de la Segunda Guerra Mundial.

Auschwitz está situado a 43 km de Cracovia. Durante la guerra fue el mayor centro de exterminio de la historia del nazismo; se calcula que allí fueron asesinados entre 1,5 millones y 2,5 millones de personas, la gran mayoría de ellas judías, además de otros prisioneros de guerra. En sus instalaciones, otro medio millón  de personas perecieron por enfermedades, por las infrahumanas condiciones sanitarias y por hambre.

El complejo consta de dos áreas, la primera llamada “Auschwitz I”, empezó a construirse en 1940 bajo las órdenes de Rudolf Höss; fue pensado como un centro de reclusión para para 7.000 prisioneros y comprendía 28 edificios de ladrillo de dos plantas y otros edificios adyacentes. Por orden de Himmler se ampliaron sus instalaciones y se construyó el segundo campo conocido como “Auschwitz II – Birkenau”, cuyo nombre proviene de los pueblos junto a los que se construyó en 1941; comprendía 250 barracones de piedra y madera. En algún momento parece que en ese conjunto llegaron a  hacinarse más de 100.000 prisioneros.

Al ser uno de los lugares de mayor simbolismo del holocausto, Auschwitz fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979.

Cuando nos dirigíamos a la entrada para iniciar nuestra visita, sabíamos que íbamos a encontrarnos con un lugar “muy cargado”, allí se asesinó a millones de seres humanos y allí  se habían cometido actos de una crueldad sin nombre, cosas que ni siquiera podíamos imaginarnos previamente. En el trayecto entre el lugar en donde descendimos del autobús y la entrada al campo, ya comenzamos a sentir una especia de sobrecogimiento y malestar indescriptible.

En la puerta de entrada a Auschwitz se puede leer el lema “Arbeit macht frei” que en alemán significa “El trabajo hace libre”, frase por demás irónica cuando se sabía que era un centro de reclusión en el que nadie recibía un trato digno y del que muy pocos tuvieron la oportunidad de salir con vida.

Todos en nuestra generación conocíamos de las atrocidades de ese sitio pero estar en esas instalaciones, frente a frente con las evidencias de la crueldad y las evidencias del holocausto era otra cosa.

Todo era distribuido como en una enorme instalación industrial donde todos los procesos apuntaban a la muerte. Millones de personas, hombre y mujeres de todas las edades llegaban por tren hasta ese lugar tenebroso y eran diezmados en las cámaras de gas y en los hornos crematorios; unos pocos eran usados como mano de obra en una serie de industrias aledañas pero su esperanza de vida no superaba los dos meses, por lo que nada les libraba de un destino semejante al de aquellos que pasaban directamente de trenes atestados a una muerte segura.

Al llegar a Auschwitz, a los prisioneros que iban a ser enviados a las cámaras de gas, se les decía que iban a pasar por las duchas para ser desinfectados; se les entregaba jabón y se les dirigía hacia numerosas puertas en las que se podía leer “baño”. Una vez allí, las puertas se cerraban herméticamente y se abrían unas pequeñas hendiduras por las que un gas de efecto letal hacía su trabajo macabro.
Los cuerpos eran sacados luego de aquellas cámaras, para cortarles el pelo y despojarles de objetos valiosos: relojes, joyas e incluso dientes de oro antes de ser incinerados en cinco  hornos crematorios.

En el museo que se ha adecuado actualmente en las barracas de los prisioneros y en otras instalaciones de este inaudito lugar, existen áreas de exhibición especializadas donde el visitante puede constatar con horror las evidencias de este genocidio abominable.

En una de estas zonas se pueden observar casi cuatro toneladas de cabello humano. Hombre, mujeres y niños de ambos sexos eran rapados -antes o después de su ejecución- para conservar su cabellera para otros usos (se dice que para rellenos de almohadas y colchones e incluso para la confección de pelucas).

Con ojos aterrados vimos esta constatación de la barbarie. Yo me impresioné al contemplar el pelo de una niña que conservaba dos magníficas trenzas de cabello, castaño rubio (me parecieron muy parecidas a las que a veces le hacía mi mujer a mi hija Manon); esas trencitas se destacaban encima de una parva de cabello humano de todo color y textura.

Imposible de saber cuántos miles de personas pasaron por esa lóbrega peluquería antes de terminar como un puñado de cenizas o como un escuálido cadáver enterrado en las innumerables fosas comunes de los bosques cercanos a Auschwitz.

En este infierno terrenal, un personaje diabólico encarnaba todo el poder y el sadismo desequilibrado que allí se respiraba: el famoso doctor Josef Mengele, conocido como el “ángel de la muerte”; en Auschwitz él podía decidir si un prisionero iba a la cámara de gas, si se lo destinaba a sus desquiciados experimentos, o si iba a trabajos forzados para garantizarle una muerte más lenta.
En la vista al museo de Auschwitz se pueden recorrer los barracones en los que pernoctaban hacinados y casi congelándose de frio, sobre todo en el invierno, centenares de famélicos prisioneros que habían sobrevivido de un día al otro, a los trabajos forzados, a la desnutrición y al maltrato.
La visita para un espectador algo sensible es realmente aterrorizadora…



En uno de los galpones se pueden observar centenares de miles de zapatos, mucho deformados y destrozados por el uso en labores forzadas y grandes marchas a campo traviesa en los pies de sus propietarios originales o en los de quienes se los apropiaban para poder cubrírselos para soportar esas rudas faenas sin sentido.

En otro galpón, millares de maletas y petacas se superponen unas sobre otras hasta la  eternidad… en muchas de ellas se leen los nombre de sus originales propietarios y el ciudades y destinos no alcanzados por ellos… muda evidencia de que cuando fueron interceptados buscaban ir hacia esos sitios, pero llegaron a otro, éste sin retorno, en esas instalaciones de opresión y de muerte. Su contenido por supuesto, debió ser saqueado por los carceleros, pero las maletas vacías han quedado arrumadas para testificar ese intento fallido de transición hacia la libertad.
En otro galpón un cúmulo de lentes con sus armazones de metal o de carey muestra que a vivos y a muertos se les despojaba de esos adminículos indispensables, vínculo entre la mente y la sensibilidad de sus originales portadores -a través de sus ojos- con libros, partituras y decenas de otras formas de expresiones culturales, artísticas, científicas, tecnológicas y toda clase de labores intelectuales y manuales. Otra forma de matar a los vivos y de pisotear la memora de los muertos.



En algún otro barracón cientos de latas, platos, tazas, tazones, pocillos y un sinnúmero de otros recipientes, dan cuenta de los medios que usaban los prisioneros para recibir las magras raciones que les permitían albergar la esperanza de sobrevivir en ese averno, merced a un cuenco de sopa medio fría que recibían de vez en cuando.

Más allá, el visitante puede observar una colección innumerable de brochas de afeitar. Resulta extraño que se las haya conservado… no sé por qué inexplicable razón, eso objetos se encontraron acumulados en las instalaciones de aquel campo de terror y de muerte y no fueron motivo de la rapiña de los carceleros como tantas otras cosas valiosas o no, de las que despojaron a los prisioneros y a las víctimas de esa sistemática carnicería.

Si la crueldad y la barbarie del ser humano no pueden ser explicadas, tampoco es factible intentar explicar extrañas decisiones como el haber guardado para la posteridad miles de brochas de afeitar usadas… Fijación o estupidez, vaya uno, a saber…

No puede concluir la vista de Auschwitz.

A la mitad del recorrido por celdas, cámaras de gas, hornos de cremación, barracones dormitorio y galpones de exhibición de todos esos recuerdos… y golpeado por la sensación de caminar en medio de tantas y tantas víctimas, de tanto sufrimiento, de tanta angustia, de tanto dolor, de tanto odio, de tanto rencor, de tanto miedo, de tanto terror, de gritos y miradas desgarradas y desgarradores, de violaciones, de separaciones forzadas, de tantos asesinatos, de muertes violentas, de sadismo, de miseria humana, de impotencia, de crueldad… simplemente me enfermé.

No podía dar un paso más, me daba vuelta el estómago y me sentía mareado. Tenía arcadas reiteradas, aunque no llegué a vomitar… Expliqué el caso a mis acompañantes y emprendí el camino de regreso hacia la parada de bus. Tenía un deseo inmanejable de llorar por todos los pecados del mundo…

Nunca me había sentido tan apesadumbrado, golpeado y abatido…

En las inmediaciones encontré un bar y me eché dos tragos secos de un aguardiente de frutas que me volvió el alma al cuerpo.

Cuando mis amigos salieron tomamos el bus de regreso a Cracovia. Hicimos el recorrido con la mirada perdida y sin hacer comentario alguno. Todos estábamos profundamente conmovidos por la visita a aquel lugar tan atormentador.

Felizmente en la tarde, recorriendo las bellas calles y plazas de Cracovia, encontramos un grupo de otavaleños que tocaban dulces y tranquilizadoras melodías andinas. Eso fue para mí un calmante providencial y logré reaccionar del fuerte impacto de aquella jornada.

Al final de la tarde, poco a poco, pudimos recuperar la suficiente presencia de ánimo para poder comentar las impresiones y sensaciones de la impactante visita realizada en la mañana.

Hasta ahora cuando recuerdo sus detalles se me paran los pelos de punta aunque han pasado ya casi veinte años de aquella desgarradora experiencia.