jueves, 3 de mayo de 2012

México 5: Mi posgrado en la UNAM, recuerdos, trámites y más papeleos.


Como ya he relatado viví en México desde fines de 1978 hasta principios de 1981. Viajé a ese país con mi amigo Hernán Burbano pues nos habían aceptado en una maestría en “investigación y docencia”, en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México.

En dos relatos anteriores conté como debimos hacer cientos de trámites, llenar incontables formularios, presentar toneladas de papeles primero en Quito y luego en México para  obtener primero un crédito educativo y luego dos becas (una de la UNAM y otra de la OEA) para poder cursar esa maestría.

Luego nos tocó golpear numerosas puertas y hablar con muchísimas secretarias y funcionarios…, el proceso fue lento y tedioso; pero armados de toda la paciencia del mundo, dimos seguimiento a la tramitación de nuestros papeles. Hicimos docenas de averiguaciones, visitas, citas, antesalas y entrevistas, pero lo conseguimos.

Después de meses de trámites y papeles, como resultado de nuestra paciencia y tenacidad conseguimos que las dos becas se hicieran realidad. La de la UNAM la recibimos durante el primer año y luego nos la renovaron para el segundo y la de la OEA que la recibimos durante el segundo año y nos la prorrogaron por dos meses más al final del segundo año, para poder hacer todos los trámites y papeleos de la tesis y la graduación.

Con todos esos recursos pudimos sortear los gastos de pasajes de avión, alojamiento, comida, requerimientos académicos y gastos personales durante los dos años y más que duró este reto académico en la UNAM.

Para comenzar a escribir mis recuerdos de aquel período, he buscado algunas fotos que tenía guardadas en diversos sitios y he buscado otras en Internet. Estando en esas andanzas me he topado con la noticia del prematuro fallecimiento de Jesús Barba Erdmann, a quién todos llamábamos “Chuy”, uno de los pilares de esa maravillosa iniciativa que fue el “Autogobierno” y uno de mis recordados profesores en la maestría que cursé en la UNAM.

Recuerdo a Chuy como un hombre sumamente cordial, siempre dispuesto a escuchar y a dar un consejo u opinión de forma centrada y generosa… 

Me ha dado muchísima pena enterarme que nos dejó en enero de 2009. Quiero rendirle por este medio un homenaje de gratitud, respeto y afecto. 

En la época en la que estudiábamos en la UNAM, Chui era el responsable del llamado “Seminario de Área”. Recuerdo que realizó una compilación con todos nuestros trabajos de ese Seminario y los publicó como “Cuadernos de trabajo” de la Maestría de Investigación y Docencia  Área de Arquitectura  de la UNAM

  
En esa publicación se incluían varios trabajos de queridos compañeros, muchos de ellos profesores con gran experiencia que también cursaban la maestría junto a nosotros, como Rafael López Rangel o Carlos Castillo Zavala y otros que han tenido una gran trayectoria como docentes e investigadores como Victor Manuel Ortiz Marín.


Recuerdo con afecto a compañeros como Isabel Pozas Horcasitas que tenía una linda hija muy parecida a ella y a los esposos Lucia Villanueva y Sergio Martínez quienes venían  a clases desde Cuernavaca.


Invitados por ellos y acompañados por sus pequeños hijos, hicimos con Hernán y nuestro común amigo Vicente Pólit, un lindo paseo a unas piscinas naturales en una zona rural próxima a Cuernavaca. No he vuelto a  tener noticias suyas en todos estos años. Me encartaría saber que ha sido de su vida. 




Recuerdo también al “flaco” Emilio Pérez García, responsable del "Centro de Documentación del Autogobierno”. 

Emilio nos invitó a una muy agradable reunión en su casa en una zona boscosa de los alrededores de la ciudad de México. 

Varios de los amigos que he mencionado estuvieron presentes en ese paseo al que asistieron otros queridos profesores todos ellos impulsores del “Autogobierno” como Carlos González Lobo quien fue nuestro director de tesis, Ernesto Alba Martínez, director  de la escuela de arquitectura / modalidad autogobierno, el propio Chui Barba y Miguel Hierro Gómez, Coordinador Académico de la División de Estudios de Posgrado, quienes fueron miembros del jurado de mi examen de grado.

 


Carlos González Lobo era un tipo verdaderamente apasionante. Un gran expositor y un conocedor de muchos temas. 

Lo conocí en Quito en la “VII Conferencia Latinoamericana de Escuelas y Facultades de Arquitectura” - CLEFA que organizó Mario Solis como decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Quito que fue la sede del evento, en marzo de 1975

El título general de esta CLEFA fue “Arquitectura y Sociedad” y la temática desarrollada se organizó en tres grandes ejes: a) "Relación entre estructura social y estructura espacial en América Latina"; b) "Bases para la formación del Arquitecto en América Latina" y c) "La arquitectura y la problemática especifica de la América Latina".   

Recuerdo que Carlos, en esa época no se si ya graduado o joven estudiante de arquitectura asistió en representación de la UNAM. Fumaba pipa y usaba siempre una gran chamarra verde oliva y el pelo ensortijado bastante largo casi un “afro”. Pero lo que llamaba mayormente la atención eran sus discursos apasionados, vehementes y claros. Expresaba sus argumentaciones con voz recia, una dicción clara y precisa y una erudita construcción gramatical. Fue, se puede decir, uno de los oradores más reconocidos del evento. Además, todos sus argumentos, para proponer, impulsar y defender una “nueva práctica de la arquitectura”, la formación de “un arquitecto de nuevo tipo” (comprometido con la gente y con los problemas de la gente) y la búsqueda de “una arquitectura latinoamericana” (apropiada y apropiable) calaron muy hondo.

Fue un gusto volver a toparme con él  en la Maestría y en el Autogobierno.

Recuerdo hasta ahora una visita guiada que hizo a quienes iniciábamos la Maestría, tanto al centro histórico de México cuanto al “Museo de la Ciudad”. Con las mismas cualidades de gran expositor, con gestos y entonación de la voz, casi teatrales, hizo las delicias de los presentes.

Nos contó sobre el origen del México Tenochtitlan, las chinampas, el templo mayor y las costumbres de los gobernantes y los pobladores aztecas, su arquitectura, sus mercados y otros elementos de su cultura. 

Luego nos deleitó con exquisitos detalles sobre el período colonial y el México virreinal: la edificación de templos, conventos y palacios, el uso del tezontle para aligerar los muros y la superposición e integración de la cultura europea con la nativa. Luego nos habló sobre los primeros años de la república, la herencia de las desigualdades y contradicciones sociales, la revolución mexicana y la época contemporánea. 

Hasta los guías del museo se sumaron a la erudita charla… seguían nuestros pasos de forma discreta, aprendiendo enormemente de las documentadas  e interesantes explicaciones de Carlos.

Miguel Hierro fue profesor nuestro de un curso llamado “Investigación Sistemática” en los dos primeros niveles. En esa asignatura, los estudiantes debatíamos textos y lecturas generales y otros que eran temas de discusión referidos a nuestras propias investigaciones. Hernán y yo abordamos el tema habitacional, pero había un equipo de tres antropólogos, Martha García, Yadira Ruíz y Victor Manuel García, que estaban interesados en la “influencia del espacio en la psicología de las personas privadas de la libertad” a través de un estudio de la prisión de Lecumberry; otros como Emilio Pérez e Isaac Sigal estaban interesados en la “Formación del Arquitecto”; alguno como Francisco Martínez estaba interesado temas más terrenales como el de “la arquitectura y el transporte de bienes y personas”, pues trabajaba para el aeropuerto internacional de México… Los debates por supuesto eran muy variados y en ocasiones interesantes, pero en otras, resultaban algo tediosos y las posibilidades de inmiscuirse o de aportar eran casi nulas; pues muchas lecturas y discusiones interesaban tan sólo a quienes las habían propuesto para nutrir su futura tesis; en ese caso, Miguel trataba de que el debate se centrara en lo “metodológico” y no en “las especificidades” de un tema… pero no siempre ese propósito se cumplía fácilmente y muchas exposiciones nos aburrían enormemente.     

Varios arquitectos, docentes de la licenciatura, cursaban también la maestría pero estaban adelantados un semestre o dos respecto a nosotros; era el caso de muchos de nuestros profesores (Carlos, Chui, Miguel y el propio Ernesto Alva) pero recuerdo también a varios otros colegas como José Ángel Campos, Alejandro Suárez Pareyón y Gustavo Romero.


Con Alejandro y con Gustavo llegué a tener gran amistad en años posteriores pues cuando regresé a Quito y comencé a trabajar en CIUDAD, ellos desarrollaban actividades en centro amigos como COPEVI, CENVI y FOSOVI con los que hicimos varias actividades de investigación, seminarios y talleres de forma conjunta. Estos dos colegas participaban también en la Coalición Internacional del Hábitat - HIC (del que fue presidente y secretario general, nuestro común amigo Enrique Ortiz, también mexicano) y pudimos vernos y trabajar conjuntamente en numerosos eventos e investigaciones sobre hábitat y vivienda en la región de América Latina y el Caribe. 
 
Cómo conté en un relato anterior fue Emilio Pradilla quién nos consiguió la admisión a la Maestría de la UNAM luego de haberle comentado nuestro interés en poder realizar un posgrado en esa universidad. Las cartas de admisión que nos llegaron por correo, a Hernán y a mí, venían suscritas por Miguel Hierro, coordinador de la maestría en arquitectura y por el propio Emilio, coordinador del área de urbanismo.

Nosotros habíamos hecho la tesis de licenciatura para graduarnos de arquitectos en la Central, en un tema que encajaba más en los postulados del área de arquitectura: el “programa de vivienda para la Cooperativa Santa Faz de la ciudad de Riobamba”; en esa tesis habíamos tratado de hacer realidad cosas como las que años atrás habíamos escuchado a Carlos Gonzalez Lobo en la CLEFA de Quito: proponer, impulsar y defender una nueva práctica de la arquitectura junto a los sectores populares y a sus necesidades; la formación de un arquitecto de nuevo tipo comprometido con la gente y con los problemas de la gente y la búsqueda de una arquitectura latinoamericana, apropiada y apropiable. Para el discurso de Pradilla, mucho más radical, todas esas alternativas eran cosméticos a una práctica técnica que no tenía ninguna opción de modificarse: sus intereses, actores, beneficiarios y opciones no podían cambiar. 

Originalmente nosotros íbamos a cursar la maestría en el área de urbanismo, pero nos identificamos más con lo que impulsaban Carlos, Miguel y Chui que con la visión de Emilio, así que a los pocos días de iniciadas las clases, pedimos el cambio al área de arquitectura. Supongo que para él debe haber sino una decepción esta suerte de traición o de abandono pero, para tomar tal decisión aplicamos esa frase de la filosofía popular tan usada en el Ecuador, “así es la vida” combinada con aquella otra tan mexicana, “ni modo”.

Creo que no nos equivocamos, hicimos lo que nos pareció más acorde a nuestra forma de pensar y sentir… así es la vida, ni modo.

En dos relatos anteriores he contado sobre los trámites, formularios y papeleos que debimos hacer, así como las numerosas puertas que nos tocó golpear y las antesalas y visitas a decenas de funcionarios que debimos realizar para para obtener las becas y poder cursar la maestría.

Pero si lento y tedioso fue aquel proceso de inicio, mucho más complicado fue el proceso final.  Armado de toda la paciencia del mundo di seguimiento a la tramitación de mis papeles para obtener el título de maestro.

Cuando concluimos los dos años de la maestría y debíamos tan solo entregar la tesis y hacer los trámites respectivos, Hernán abandonó el barco. Viajó a Nicaragua siguiendo el llamado de la revolución sandinista y sobre todo el de una bella revolucionaria sandinista. Quedó en enviarme algunos materiales para la tesis desde ese país, lo cual efectivamente cumplió, así que entregamos una tesis de forma conjunta, pero le fue imposible regresar para la obtención del título y realizar los trámites de certificación y legalización que resultaron más complicados  que la misma maestría. 

Hice también en aquel momento, dos años y medio después de las primeras, docenas de averiguaciones, citas, antesalas y entrevistas y cumplí requisitos impresionantemente complicados, para poder graduarme. Anoté todo de forma sistemática para que Hernán pudiera hacer lo propio… Esa sistematicidad le sirvió años más tarde a Jorge García; pero Hernán, desde Managua no pudio realizar casi ninguno de esos trámites y, si bien tiene un documento que certifica que la tesis fue aceptada y aprobada, no pudo nunca retirar ni refrendar su título. Yo no pude tampoco hacer aquellos trámites por él, pues todos (así se establecía claramente en los reglamentos) eran trámites personales y debía realizarlos únicamente el propio interesado.

He encontrado la lista de pasos a seguir para la tramitación del título, de ella he rescatado los más importantes, pero casi todos tenían requisitos intermedios bastante complicados:


-  Primero se debía obtener el recibo de pago del “Derechos de Titulo”, realizado en la Dirección General de Administración Escolar en horario de 9:00 a 17:00 horas, de lunes a viernes. 

-  Con ese recibo uno debía obtener un “ejemplar del Título en pergamino”, con la información general común, grabada en piel legítima. El tamaño de este documento es invariablemente de 41 x 28 centímetros.

-  Con ese documento se debía realizar el pago de un monto por concepto de “expedición del Titulo en pergamino”.

-  Junto al recibo de ese pago, se debía dejar consignada toda la información específica y personal en un formato idéntico de papel (esa información debía llenarse obligatoriamente con bolígrafo de tinta negra).

-  Se debía dejar además una fotocopia del Acta de Grado ampliada doble de su tamaño original.  

- Se debían entregar seis fotografías del interesado. Las fotos debían cumplir los siguientes requisitos: debían ser recientes, en blanco y negro, sin retoques, sin anteojos (en caso de usarlos); impresas en papel mate Ilford o Kenford, no brillante, no instantáneas, no digitales y debidamente recortadas (No se aceptaba papel Kodak, Kónica, Fuji, o cualquier papel que no sea el requerido); completamente de frente; rostro serio; frente y orejas totalmente descubiertas y no ser tomadas de otras fotografías.

- Para el título en pergamino y las actas de grado se debían entregar otras seis fotografías de acuerdo a las siguientes especificaciones: a) Formato tipo “Título” ( 6 x 9 cm.); b) ovaladas; c) blanco y negro, fondo gris claro; d) el tamaño de la cara debía medir 3.5 x 5 cm.; e) sin retoques, f) sin anteojos (en caso de usarlos); g) completamente de frente; h) rostro serio; i) frente y orejas totalmente descubiertas y j) no podían ser tomadas de otras fotografías.

-  Para las copias de las actas de grado y para el registro de diversos archivos se debían entregar cuatro fotografías adicionales de acuerdo a las siguientes especificaciones: a) Formato tipo “Filiación” (3,5 x 5 cm.); b) ovaladas; c) blanco y negro; d) fondo gris claro; e) sin retoques, f) sin anteojos (en caso de usarlos); g) completamente de frente; h) rostro serio; i) frente y orejas totalmente descubiertas y j) no debían ser tomadas de otras fotografías.

-  Otros requisitos obligatorios para las fotografías: Hombres: a) Con saco y corbata, b) sin cabello largo; c) bigote (en caso de usarlo) recordado arriba del labio superior; d) labios totalmente descubiertos; e) sin barba; f) sin lentes oscuros; sin lentillas de contacto de color (en caso de usarlas). Mujeres: a) Vestimenta formal; b) maquillaje discreto; c) sin ningún tipo de escote, d) aretes pequeños; e) sin lentes oscuros; f) sin lentillas de contacto de color (en caso de usarlas); g) peinados no llamativos ni voluminosos (en caso de usar cabello largo: prendido con discreción hacía atrás).

-  Todas las fotografías debían tener el nombre completo del interesado escrito al reverso (anotado únicamente con lápiz, suavemente, sin recargar la punta para evitar marcarlas. No se aceptaban fotografías que tuvieran datos escritos con tinta, bolígrafo o marcador).

En un papel que se nos distribuyó se anotaba que no se aceptarían fotografías que no cubran íntegramente esos requisitos. Se precisaba que el interesado debía comunicarlos al fotógrafo, antes de contratar el servicio y que la Dirección General de Administración Escolar detendría la elaboración del Título hasta que el alumno presentase las fotografías con los requisitos establecidos.

Yo cometí el error de sacarme esas fotografías sin corbata, un enorme bigote que cubría mis labios y además con barba. Por supuesto no me las aceptaron.

No pensaba afeitarme la barba que había usado desde que salí del colegio e ingresé a la universidad en Quito, cuando me gradué de arquitecto y luego durante todo el tiempo que estudié en México, solo para cumplir aquel requisito para la foto del Título de Maestría.

Lo de la corbata fue un capricho complementario, Estaba dispuesto a graduarme con barba, bigote zapatista y sin corbata.

Sólo por estos detalles pilosos y traposos, me tocó llenar incontables solicitudes, presentar decenas de formularios y fotocopias; golpear numerosas puertas y hablar con muchísimas secretarias y funcionarios de la UNAM; el proceso fue lento y tedioso; pero armado de toda la paciencia del mundo, di seguimiento a la tramitación de mi solicitud para que se me permitiera graduar con barba y sin corbata. Llegue a pedir cita y fui recibido primero por el secretario General y luego por el Vicerrector Académico de la UNAM para plantearles mi caso. Dada la dimensión de esa Universidad es casi como lograr una cita con un Ministro de Estado sólo para hablarles de barbas y corbatas. Les conté que usaba barba desde 1969, les argumenté que no tenía ni usaba corbata y sobre todo que mis becas ya se habían terminado y no tenía dinero para tomarme nuevamente las fotos (esto era relativamente cierto pues, dados los requisitos, esas fotos eran realmente bastante caras).

El primer funcionario no me pudo ayudar y simplemente se “cerró a la banda” argumentando que las disposiciones son claras “para todos” y que no podía hacer una excepción en mi caso. 

Al Vicerrector en cambio, parece que el caí simpático y luego de una larga charla e innumerables argumentaciones y explicaciones, cedió al fin. Me dijo que iba a hacer una excepción realmente muy especial sólo por tratarse de un estudiante extranjero. Dictó a su secretaria una disposición argumentada y salí de su oficina con la autorización firmada y sellada.

Soy el único graduado en toda la historia de la UNAM cuyo título tiene una fotografía sin corbata y uno de los pocos con un gran bigote y enorme barba; supongo que esta última disposición habrá variado en los últimos años pero sobre el tema de la corbata no creo que se hayan flexibilizado los requisitos. 

Una vez logrado ese éxito inicial, comenzó el calvario para lograr las legalizaciones y certificaciones.


El documento que acreditaba el haber culminado mis estudios, suscrito por Miguel Hierro Gómez, Coordinador Académico-Administrativo de la División de Estudios de Posgrado, tiene fecha 08 de diciembre de 1980.

El acta de grado y el título de Maestro en Arquitectura (con barba y bigote y sin corbata) suscritos por el Rector de la UNAM, Dr. Octavio Rivero Serrano y certificado por el Secretario General, Lic. Raúl Béjar Navarro, tiene fecha 19 de enero de 1981.

Con el Acta de Grado y el Título en la mano, copias de esso documentos y una solicitud en el formulario previsto para tal fin, obtuve una certificación suscrita por el Ing. Guillermo Aguilar Campuzano, Coordinador de la Administración Escolar de la UNAM sobre el registro del Acta y el Título en el libro respetivo en la misma fecha.

Posteriormente debí solicitar, pagar los derechos respectivos y obtener una certificación de la Secretaría de Gobernación de México, respecto a que el Dr. Rivero Serrano y el Lic. Béjar Navarro eran Rector y Secretario General de la UNAM a la fecha de emisión del Título y respecto a la autenticidad de sus firmas. Ese certificado estaba suscrito por el Lic. Daniel Magaña Subdirector General de Gobierno y se anotó en el original de mi Título el 02 de febrero de 1981.  

Luego hice un trámite muy parecido en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Se me exoneró el pago de derechos por haber sido becario del Gobierno Mexicano y el 4 de febrero se me entregó el Título con una certificación suscrita por el Subdirector de Servicios Consulares Don Gustavo Maza Padilla, sobre la autenticidad de la firma de Lic. Daniel Magaña.

Finalmente me dirigí al Consulado General del Ecuador en México, en donde el Segundo Secretario, Dr. Franklin Chávez Pareja, certificó la autenticidad de la firma del Subdirector de Servicios Consulares, de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, Don Gustavo Maza Padilla. Allí debí pagar los derechos respectivos y se me entregó el documento con los sellos respectivos el 11 de febrero de 1981.

Lo había conseguido. En algo más de un mes tenía todos los papeles en regla para poder regresar al Ecuador con título bajo el brazo. Tiempo récord. He charlado luego con varios colegas y amigos y todos esos trámites les han tomado más de tres meses, como término medio.

Traté de ayudar a Hernán para que pudiera obtener también su título pero resultó realmente imposible. El primer y más grande obstáculo fue el de las fotos. No nos olvidemos que esta historia data de 1981, no disponíamos de Internet y el correo electrónico era desconocido.  Traté de enviarle por fax los requisitos para graduarse pero en Nicaragua estaban en guerra, no era fácil conseguir un sitio donde tuvieran un receptor de fax y tampoco tenían papel.

A duras penas pude comunicarme por teléfono y traté de dictarle los requisitos que debían cumplir las fotos. La comunicación se cortaba a cada rato y Hernán a duras penas anoto varios de esos condicionamientos tan complicados. Varios días después, me llegó un telegrama suyo, pidiéndome que le llame tal día, a tal hora.

Así lo hice.

Me informó que en Nicaragua ese momento era imposible resolver el tema de las fotos. Primero casi no se conseguía papel fotográfico, segundo nunca habían oído hablar del tipo de papel requerido y tercero no conocían el formato oval tipo “título” o tipo “filiación”. Era simplemente imposible que me pudiera enviar esas fotos.

A duras penas logre entenderle que me había mandado por correo una foto suya para ver que podían hacer con ella en un estudio fotográfico.

Le ofrecí ocuparme del asunto apenas me llegara la foto.

Cuando ésta por fin llegó, casi me caigo sentado, no sé si del terror o de la risa. Sobre todo analizándola a la luz de los rigurosos requisitos que enumeré anteriormente.

La foto en cuestión era una diapositiva tomada en el campo, Hernán aparecía en ella con su pelo largo alborotado, vestía guayabera azul de manga corta y se encontraba apoyado en el poste de una cerca de alambre de púas en medio de un verde potrero tropical. No muy lejos de él una vaca blanca pastaba plácidamente. La vegetación alta les llegaba a los dos a las rodillas.

Ingenuamente llevé la diapositiva al estudio fotográfico donde me había sacado las fotos ovales (con barba y sin corbata). El fotógrafo se echó a reír. En esa época no había fotoshop ni ningún otro recurso informático, habría tenido que proyectar la foto en la pared y volver  a tomar una imagen en blanco y negro, procedimiento aquel que haría perder calidad y nitidez al resultado final.

Pero suponiendo que se conseguía resolver el lío técnico de la calidad, ¿cómo hacer para quitar de la foto la cerca y la vaca?, ¿cómo hacer para trasformar la guayabera en saco y corbata?, y ¿cómo peinar a Hernán para que adquiera el aspecto de un respetable graduado de la UNAM, a partir del retrato de un hippie en medio del potrero?.

Imposible. Hasta ahora el fotógrafo sigue riéndose y el titulo de Hernán reposa en algún archivador de la División de Estudios de Posgrado de la UNAM.

Yo regresé al Ecuador con mi Título pero nunca le hice refrendar en la Universidad Central, ni en el CONUEP o en el CONESUP, porque querían cobrarme una fortuna. Hernán regresó directamente de Nicaragua al Ecuador sin poder pasar por México. Cortó con la revolución sandinista o más bien, con su pareja sandinista y nunca se saco las fotografías ovales ni realizó todos los trámites para traer el Título.

La única pena de todo este enredo es que no he podido encontrar la diapositiva de la guayabera azul para ilustrar este relato... así es la vida, ni modo.

martes, 1 de mayo de 2012

México 4: La ley del monte

A inicios de este año de gracia de 2012, comencé a escribir algunos relatos sobre mi vida en México. Allí  estudié una maestría en la Escuela de Arquitectura de la UNAM, desde fines de 1978 hasta principios de 1981.

Viajé a ese país con mi amigo Hernán Burbano y en los relatos anteriores conté cómo tuvimos que mover cielo y tierra, llenar cientos de formularios y presentar toneladas de papeles, primero en Quito y posteriormente en México, para obtener un crédito educativo y luego dos becas (una de la UNAM y otra de la OEA) para poder cursar esa maestría.

Al llegar a México una de las primeras cosas que hicimos fue buscar a Jorge Escandón, arquitecto y amigo de larga data que también había viajado a México unos meses antes para iniciar un posgrado en el “Colegio de México”.

Relaté también, nuestra acertada decisión de arrendar un departamento con los “Escandones”, Jorge, Emma y sus hijos Jorge Alberto y María Belén. Con ellos, Hernán y yo, disfrutamos de un caluroso hogar, de un gran afecto de familia y de una amistad entrañable que perdura hasta ahora, a pesar del tiempo y la distancia.

Estuve buscando fotos viejas para ilustrar esos relatos y encontré algunas de un viaje maravilloso que hicimos en la Semana Santa de 1979 a la Sierra de Puebla.





 

Los protagonistas de ese periplo fuimos Hernán y yo junto a dos queridos amigos Carlos Arcos y Fausto Corral (el famoso “pollo” Corral).





Ya he mencionado que las casualidades no existen pero no deja de ser extraordinario lo siguiente: a mediados de febrero había acabado de reunir en una carpeta las fotos de ese viaje, pensando en poder escribir este relato, cuando tuve la oportunidad de asistir a un seminario de Mahikari (ya escribiré también algunos relatos sobre ese tema, no entremos en pánico); el profesor que vino para dictar el seminario era mexicano, de apellido Santa María; al terminar la primera jornada me acerqué a saludarle y le comenté de todos los recuerdos y el especial afecto que yo tenía para su país, pues allí, no sólo había estudiado, me había casado y mi primera hija había nacido en la ciudad de México. Estos hechos fueron, por supuesto, de mucho interés para mi interlocutor y nos pusimos a  “platicar” sobre diversos temas “mexicanos”.

Le pregunté si él era “chilango” (como se conoce en esas tierras a las personas nacidas en la capital azteca) y me respondió que no, añadiendo a continuación: -“soy de un pueblito muy pequeño, del que posiblemente usted nunca habrá escuchado hablar, se llama Zacatlán”…

-¡”Zacatlán de las manzanas”!, dije yo, entusiasmado…

- ¿”Conoce Zacatlán”?, me preguntó admirado, el profesor Santa María...

-“Por supuesto”, respondí…, (como si conocer Zacatlán fuese la cosa más natural del mundo para cualquier habitante del globo terráqueo). 

De inmediato le relaté que dos o tres días antes había revisado y clasificado una serie de viejas fotografías de un viaje a la Sierra de Puebla en el que visitamos “Zacatlán”, “Ahuacatlán”, “Tepango de Rodríguez”, “San Marcos” y otra serie de pueblitos y caseríos totonacos enclavados en las verdes montañas de ese estado mexicano.

Me contó que de chico se había criado en esos parajes y pudimos intercambiar una serie  de detalles de nuestros respectivos recuerdos de aquella singular geografía.

Me propuse pues escribir este relato que, por una u otra razón, se había ido aplazando hasta ahora; entre otras cosas porque en febrero y marzo estuve fuera del país… asistí -como ya he contado en otros relatos- al “Foro mundial del agua” de Marsella y tuve que desenvolverme, primero como jurado del “Festival Agua y Cine” y luego como diseñados, constructor y escenógrafo de la “Casa del ciudadano y el agua”. A mi regreso me lancé a escribir sobre esas curiosas experiencias y los relatos sobre mis aventuras mexicanas se fueron posponiendo hasta nuevo aviso…

Me he vuelto a topar con la carpeta con las fotos del viaje a “Zacatlán”, así que me lancé al teclado para no seguir posponiendo el propósito de dejar registrados por escrito, esos gratos recuerdos de hace más de treinta años.

Con Hernán viajamos a México el 15 de septiembre de 1978. Nos instalamos en las inmediaciones de la UNAM y comenzamos con la rutina de la vida universitaria. Vivíamos en la Avenida Universidad # 1900 donde, como ya he relatado, compartíamos un agradable departamento con la familia Escandón.

Nuestra morada hacía parte de un conjunto habitacional llamado “El Altillo”; allí residían también otros ecuatorianos: en uno de los departamentos vivían Carlos Arcos, su esposa Isabel y su hijo Carlitos; en otro, Pepe Dávalos y su familia; en otro, Miguelito Arteaga, quién emigró a México muchos años antes que nosotros y posteriormente, compartió su departamento con Vicente Pólit, Pollo Corral y Carlitos Sánchez; (en ese departamento también fueron moradores temporales Desireé Castro y el propio Hernán Burbano); en otro departamento vivían Jaime Idrovo, su esposa Gloria y sus hijos Daniel y Javier; en otro moraba Carlos Merchán quién al finalizar sus estudios, cedió su departamento a Bertha García (en ese lugar vivimos varios meses con mi mujer Marie Thérèse y mi hija Manon, pues Bertha nos dio posada cuando se me acabaron las becas y debí todavía permanecer en México hasta graduarme y hacer todos los papeleos antes de nuestro retorno definitivo al Ecuador). En otro departamento del “Altillo” vivían Amalia Mauro y Paul Bonilla; en otro, Marco Herrera, su esposa Margarita y su hijo Juan Javier (Valeria aun no había nacido) y en otro, Rafael Quintero, su esposa Erika y el primero de sus hijos, el ahora conocido montañista Santiago Quintero (su hermano todavía no había nacido).

Con Carlos Arcos e Isabel nos veíamos con frecuencia; solíamos visitarles para tomar un buen café recién pasado y fumar una pipa o un cigarro. Escuchábamos música y charlábamos de literatura y de política en interminables tertulias muy agradables.

En una de esas ocasiones Carlos nos propuso acompañarle a un paseo muy singular. Estaba haciendo una investigación sobre los indios totonacos que moraban en la Sierra de Puebla y había planificado un desplazamiento de unos quince días a esa región para levantar información in-situ. 

Había convencido al Pollo Corral que realizara un video de los testimonios de sus informantes y un registro fotográfico de la zona, los pueblitos y sus habitantes. Nos convenció a Hernán y a mí de sumarnos a ese periplo en calidad de asistentes de investigación y portadores de los equipos y materiales.

Nosotros íbamos a tener varios días libres en la UNAM, así que aceptamos gustosos. La investigación era para nosotros tan sólo la excusa, en realidad íbamos de paseo y de vacaciones, así que en vez de recibir remuneración, compartíamos los costos de la gasolina y los gastos de viaje, alojamiento y comida.

Un amigo de Carlos le prestó un “Renault 4” ese singular vehículo conocido como: “R4” o “4L” (catrel, en español)…, que fue un ícono de la industria automotriz francesa entre 1961 y 1992. 

El “4L” se producía en diversos países del mundo y tuvo gran éxito como carro familiar y utilitario. En Francia y en España fue usado como vehículo de la policía y de los correos; pero también la industria le dio uso como camioneta de reparto y de abastecimiento, sobre todo para la entrega de encomiendas de pequeño volumen. En México se le conocía también como “Renoleta” y fue producida durante muchos años.

Era un vehículo de gran maniobrabilidad, muy fuerte y formidable para los caminos pendientes por su tracción delantera. Una de sus singularidades era que la palanca de cambios no era “al volante” ni “al piso” como en cualquier otro vehículo, la palanca salía directamente del panel frontal. Conducir la “catrel” era una verdadera delicia, “trepaba” maravillosamente y se “agarraba” a las curvas como una verdadera cabra.

Salimos de México muy temprano hacia la ciudad de Puebla y enfilamos luego hacia el principal poblado de la zona de estudio de don Carlos Arcos, la ciudad de Zacatlán.

Zacatlán es la capital de un pintoresco municipio situado al norte del estado de Puebla. La palabra viene del náhuatl zácatl o zacate (paja) y tlán sufijo de lugar. Zacatlán significa por tanto, “lugar donde abunda el zacate, la paja”. 

El pueblo de Zacatlán, lugar de nacimiento de mi amigo el profesor Santa María, es famoso por ser uno de los principales centros productores de manzanas de México; tanto que, como ya lo he mencionado, se le llama con frecuencia, por su “nombre y apellido”: “Zacatlán de las Manzanas”.

El municipio de Zacatlán se localiza a una altura de 2.000 msnm, su clima templado ha permitido que la región sea productora no sólo de manzanasy ciruelas sino también de maíz, frijol, cebada, habas, papas y aguacates. Sus verdes laderas también han permitido el desarrollo de ganadería, bovina y ovina.

No se sabe con precisión la fecha de fundación de la ciudad, pero en ella se encuentran magníficas edificaciones coloniales, de grandes muros blancos y cubiertas de teja. Su iglesia principal data de 1564. 

Zacatlán ha sido reconocido como uno de los “Pueblos Mágicos” de México. Ese programa de la Secretaría de Turismo reconoce la riqueza cultural de diversas ciudades y pueblos, para resaltar su valor turístico y cultural y preservar su herencia natural y edificada. 

El programa apunta a rescatar la influencia del pasado indígena, el legado colonial español, la preservación de tradiciones ancestrales y los acontecimientos históricos importantes.

Mientras Carlos se reunía con diversas autoridades para informarles sobre su trabajo de investigación y visitaba archivos eclesiásticos y civiles en busca de información, nosotros pudimos recorrer la ciudad, sus plazas, iglesias y parques. En la noche nos quedamos en una pequeña posada de los alrededores y a la mañana siguiente emprendimos el recorrido a nuestro destino, el pequeño poblado de Ahuacatlán. 
 
Ahuacatlán es un pueblito ubicado en una zona escarpada en medio de las montañas; se llega hasta allí, bordeando tortuosos caminos que recorren cerros y colinas; muchas de ellas  separadas por profundos abismos pero siempre poseedoras de una singular belleza.
Ahuacatlán, en náhuatl, significa lugar de los aguacates. Originalmente fue un asentamiento de grupos totonacos; al establecerse en la zona los encomenderos españoles la denominaron “San Juan Ahuacatlán” y perteneció mucho tiempo al antiguo distrito de Zacatlán. Desde fines del siglo XIX se constituyó como “municipio libre”.
El Municipio de Ahuacatlán se localiza en la parte norte de la Sierra de Puebla conformada por cadenas de elevaciones sucesivas y adosadas que forman pintorescas mesetas y acogedores valles escalonadas en medio del relieve bastante accidentado de las montañas.
Los paisajes que recorrimos en más de cuatro horas de ruta, nos dejaron atónitos por lo accidentado de su geografía, conformada por grandes laderas y pendientes siempre verdes, cultivadas de maíz y frijol donde se evidenciaba una gran subdivisión de la tierra. En medio de las “milpas” limitadas por árboles de aguacate y setos bajos, se podían ver pequeñas casitas de barro envueltas por un humo azulado que salía incontenible, de las cubiertas de teja.

Desde lo alto de un recodo del camino antes de iniciar un abrupto descenso hacia el río, pudimos tener una visión de conjunto de nuestro destino.

En esa primera vista de Ahuacatlán, nos llamó la atención algo que se repetiría siempre en otros pueblos y caseríos que tuvimos oportunidad de visitar de la zona, la gran desproporción entre las modestas edificaciones civiles y las gigantescas iglesias de cada uno de ellos.

Casi siempre las iglesias eran enormes construcciones en piedra y adobe, que de veían ahora muy deterioradas, casi sin mantenimiento, pero evidenciaban el gran poder que la iglesia y la religión tuvieron en esa zona indígena de México, en la época colonial.
Ahuacatlán no era la excepción. Era un acogedor pueblito con modestas casas bajas, construidas en medio de solares agrícolas y huertos frutales limitados por pintorescos muros de piedra.

Su calle principal, casi la única, muy empinada, se dirigía hacia una explanada central en la que se elevaba una enorme iglesia con dos torres y grandes contrafuertes de piedra de un lado y, del otro, una magnífica casa parroquial -casi un convento amurallado- cuyas  instalaciones se estructuraban alrededor de gran patio, semejante al de las “casas de hacienda” de otros confines de América Latina.

Al llegar al poblado, el camino estaba atravesado por un riachuelo de aguas claras. Para llegar hasta las casas más importantes y luego a la explanada de la iglesia, debimos atravesar un pintoresco puente con sólidas bases y balaustradas construidas con piedra sillar y argamasa de cal a las que el tiempo y la humedad habían dado un recubrimiento de musgo de tinte negruzco o verde muy obscuro.

Lo primero que hicimos fue averiguar dónde podríamos alojarnos. Por supuesto no había allí posada ni hotel alguno. En una pequeña casa de la entrada, pudimos plantear nuestra necesidad de albergue a una simpática viejecita quien nos encaminó hacia la casa más grande del pueblo. Su propietario -nos informó- daba hospedaje en ocasiones, a los pocos visitantes que caían, de tarde en tarde, por ese pueblito perdido en las inmensidades de aquellas alejadas serranías.

Tuvimos suerte. El dueño de esa casona, que era a la vez, el único tendero del poblado y el principal comprador de granos y otros productos agrícolas, disponía de una habitación con cuatro camas en el segundo piso de su casa. Luego de negociar el precio por la habitación e incluir en el trato, las tres comidas del día, bajamos de la camioneta todos nuestros aperos y nos instalamos ahí para hacer en ese sitio, nuestro centro de operaciones por los siguientes quince días.

Estábamos almorzando en una mesa situado en un rincón del patio, cuando alguien entró a ese recinto saludando de manera enérgica: -“¡Buenas tardes!”.

Al patio se llegaba a través de una puerta  de dos hojas y un dintel de madera en lo alto. El recién llegado se sacudió un zarape bastante raído y sacándose el sombrero saludó de manera personal al dueño de casa. Éste se acercó hacia el visitante y luego de un rápido intercambio de palabras regresó hacia nuestra mesa.

A manera de contestación a una pregunta que no llegamos a formular, pero sintiéndose obligado de comentar algo para justificar el habernos dejado solos un instante, dijo simplemente:

- “Es por el asunto ese… del cine”. 

Al poco tiempo, el visitante volvió a ingresar por la puerta, esta vez tirando de dos mulas de andar lento y cansino. La una llevaba en su lomo un viejo equipo de proyección, varias cajas metálicas redondas de cuarenta o cincuenta centímetros de diámetro y un gran rollo de cable eléctrico de aspecto usado, enredado, retorcido y remendado. La otra acémila portaba un generador eléctrico, dos bidones de combustible, un amplificador de sonido, dos grandes parlantes y un rollo enorme de lona plastificada, la pantalla requerida para la función de cine.

- “Esta noche tendremos cine”, dijo nuestro dueño de casa. Añadiendo luego, -“Los señores están invitados”.

A media tarde, el arriero desplegó y colgó la pantalla de proyección, adosándolo contra un gran muro de la casa vecina; el patio fue barrido y recibió una dosis de agua aspergeada con la mano, para asentar el polvo…quedó listo para recibir a los espectadores.

Nuestra habitación disponía de dos estrechas ventanas con balcón con vista al patio, el propietario tuvo la amabilidad de enviarnos cuatro sillas para que pudiésemos asistir al espectáculo desde esos palcos del segundo piso; él y su familia se acomodaron en las puertas semejantes de la planta baja, detrás de una mesa en la que se instaló el aparato de proyección. El motor a gasolina se instaló en el exterior para que sus ronquidos no interfirieran con la proyección y el sonido del filme.

Como a las siete y media, cuando ya había caído la noche, el patio estaba lleno de bote a bote. Cada espectador traía una silla y pagaba diez pesos. A veces una familia llegaba con una banca larga y pagaba esa suma por cada espectador. Los niños pagaban media entrada y según nos explicaron el 80% de la taquilla era para el arriero-empresario y el 20% para el propietario de la casa, quién no sólo arrendaba su patio para la función, sino que también proporcionaba alojamiento y comida al cineasta, así como establo, agua y alfalfa para las mulas.

Cuando se apagaron dos o tres bombillas amarillentas que también se nutrían del fluido eléctrico del generador y un intenso haz de luz iluminó la pantalla, la multitud dio un grito como el que se escucha en los estadios cuando hace su ingreso el equipo local.

La película que se comenzó a proyectar era “La Ley del Monte” con Vicente Fernández y la guapa actriz peruana Patricia Aspíllaga.
Toda la concurrencia veía la película con los ojos y la boca, enormemente abiertos… De vez en cuando, exclamaciones colectivas de sorpresa, de aprobación, de complicidad o de disgusto acompañaban las diversas escenas…

La gente vivía la película y la energía colectiva de los espectadores nos llegaba al segundo piso con fuerza inusitada.

La mayor vibración se producía cuando en las diversas escenas, Vicente Fernández,  con su gran sombrero de paja en la mano, sosteniendo a su caballo por la brida o vestido con su lujoso traje de charro, daba inicio a las muchas canciones que interpretaba con su fuerte  voz de tenor, en distintos momentos de la película.

La parte de mayor trascendencia se produjo en un momento del filme, cuando desde una tarima armada en la plaza de un pueblo, se dirigía a la bella Patricia, que se había comprometido con su rival, entonando “La ley del monte”, el tema central de la película.

Con acompañamiento de mariachis, guitarras, violines, trompetas, guitarrón y coros, Vicente Fernández con su enorme bigote, comenzó aquella canción con vigorosa voz: - “Grabé en la penca de un maguey tu nombre, unido al mío…, y la multitud cantaba con él… -“¡entrelazados!”.

Vicente seguía luego: - “Como una prueba ante la ley del monte”… y la gente coreaba… - “¡Que allí estuvimos… enamorados!”… Vicente seguía: -“Tú misma fuiste quien buscó la penca”…, y el patio entero irrumpía a viva voz: -“¡La más bonita, la más esbelta!”…

-“Y hasta dijiste que también grabara”… -“¡Dos corazones con una flecha!”…

-“Ahora dices que ya no te acuerdas”... – “¡Que nada es cierto, que son palabras!”…

-“Estoy tranquilo porque al fin de cuentas”… - “¡De nuestro idilio las pencas hablan!”…

En ese momento el protagonista, mirando a los ojos a Patricia, elevaba el tono de su voz para entonar la siguiente estrofa:

-“La misma noche que mí amor cambiaste”…, y la muchedumbre, hombres, mujeres y niños, subían también su registro para acompañar al charro: -“¡También cortaste aquella penca!”…

-“Te imaginaste que si la veían”… - “¡Pa' ti sería como una afrenta!”….

Cuando Vicente -con lágrimas en los ojos- comenzó a rematar la canción: -“Se te olvidaba que el maguey sabía”… y los habitantes de Ahuacatlan entonaban las frases finales, acompañando en su dolor al protagonista: -“¡Lo que juraste aquella noche!”…

-“Y que a su modo él también, podía”…-“¡Recriminarte con un reproche!”…

Finalmente todos cantaban a todo pulmón: - “¡No sé si creas las extrañas cosas!”…- “¡¡Que ven mis ojos, tal vez te asombres!!”…

-“¡¡Las pencas nuevas que al maguey le brotan!!”… -“¡¡¡Vienen marcadas con nuestros nombres!!!!”…

El “cineasta” trató de continuar con la proyección pero todo el pueblo se puso de pie para pedir que pasara de nuevo esa parte de la película… Cuando, una vez rebobinada la cinta, pudimos disfrutar nuevamente de la escena, todo Ahuacatlán volvió a acompañar a grito y llanto partido la canción de Vicente Fernández.

- “Grabé en la penca de un maguey tu nombre, unido al mío…, y la multitud cantaba con él… -“¡entrelazados!”.

Lo propio aconteció cuando cantó “”El hijo del pueblo” y alguna otra canción incluida en el filme. Para nosotros fue una experiencia inolvidable. 

Lo primero que hice al regresar a la ciudad de México luego de aquel viaje, fue comprar un casete con todas las canciones de la película. Hasta ahora se me ponen los pelos de punta y la piel como carne de gallina, cuando escucho “La Ley del monte”, recordando esa singular vivencia en aquel cine improvisado en las montañas de Puebla.

Todas las mañanas antes de salir para nuestro trabajo de campo, desayunábamos como reyes en nuestra posada. Los cuatro expedicionarios nos sentábamos en una banca rústica de madera, uno al lado del otro, en el mismo lado de una mesa larga, de idéntico acabado rústico, que era lavada con agua y estropajo antes de recibir a los comensales. Del otro costado de la mesa, cuatro mujeres ataviadas con coloridas blusas bordadas y su cabello peinado con trenzas  recogidas sobre su cabeza, atadas con cintas de colores, atendían nuestra comida.

Una de ellas nos recibía con un jarro de barro lleno de un humeante “café de olla” hecho con café tostado y molido, especies de distinto tipo y endulzado con “piloncillo” esa cristalización rústica del jugo de caña que se obtiene luego de calentarlo hasta que el agua se evapora casi por completo y deviene en una miel espesa que se vierte luego en moldes de madera para que se enfríe (en el Ecuador llamamos “panela” al resultado de ese proceso).

Otra mujer se ocupaba de hacer un maravilloso “revoltillo”, batiendo decenas de huevos de campo y adobando la mezcla con cebolla finamente picada, queso fresco y sal. Otra nos servía sin parar, frijoles negros de olla, en pequeñas porciones para que estuvieran siempre calientes sobre nuestro plato y la cuarta, palmeaba con gran habilidad, decenas de tortillas de maíz dándoles forma redonda y plana, entre sus manos… las asaban en un comal de barro, primero de un lado y luego las daba vuelta con los dedos, para que asarlas del otro… de inmediato las lanzaba a una canasta redonda que esperaba sobre la mesa frente a nuestros platos…

Todo el tiempo teníamos a disposición, tortillas calentitas para acompañar los huevos y los frijoles y un enorme recipiente con chiles jalapeños para sazonar las posibles combinaciones de esas delicias.

Hasta ahora recuerdo el contraste increíble de esos colores sobre el plato: los huevos intensamente amarillos, los frijoles de un negro azabache brillante y los chiles de un verde magnífico que invitaban a devorarlo todo, primero con los ojos y luego con la boca.
Carlos había planificado una serie de salidas de campo. Todos los días visitábamos diversos pueblitos y pintorescas áreas rurales, morada de personas sencillas de inusual amabilidad y generosidad extrema. Si llegábamos a la hora de comer, hacían lo imposible por compartir y brindarnos los productos de la tierra. No recuerdo en cuántas ocasiones aceptamos su hospitalidad expresada en dulces elotes, habas tiernas, papas cocidas, queso fresco, agua de limón u horchata.
Recuerdo que fuimos ovacionados cuando hicimos un ingreso triunfal con nuestra “catrel” a la plaza principal de un poblado llamado “Tepango de Rodríguez”. El tractor que abría el camino para conectar ese perdido pueblecito con el mundo, había llegado a la calle principal apenas la noche anterior. Nuestra pequeña camioneta fue el primer vehículo que ingresó al poblado en toda su historia. Alguien había llegado con la noticia de nuestro arribo y nos esperaba una magnífica recepción con arcos de flores, desfile y discursos. Carlos respondió agradeciendo el homenaje y deseando a todos los habitantes de la zona, un futuro de desarrollo y bienestar como consecuencia de la llegada del progreso a esas tierras antes totalmente olvidadas.
“Tepango de Rodríguez” es uno de los 217 municipios del estado de Puebla; se ubica en la región de Huauchinango. Su nombre original es de origen náhuatl, proviene de los vocablos tépetl (cerro) y aco (en lo alto): “lugar en lo alto del cerro”. Desde tiempos inmemorables fue un asentamiento totonaco aunque luego fue sometido por otros grupos de origen náhuatl.

En el siglo XIX perteneció al distrito de Zacatlán y fue erigido “municipio libre” en 1895 con el nombre de “San Antonio Tepango”, en 1935, la población decidió cambiar el nombre del pueblo a la denominación actual “Tepango de Rodríguez”, en honor del ex presidente Abelardo Rodríguez. 
“Tepango de Rodríguez” era un pueblo tan perdido en el mapa que todo vínculo con el mundo exterior se hacía por medio de acémilas. Frente a todas las fachadas de las casas, había unos maderos horizontales para amarrar mulas, asnos y caballos. Todos nosotros pudimos recoger varias herraduras viejas que permanecían tiradas en las calles y nos las llevamos como recuerdo.
En otra ocasión llegamos a un pequeño caserío llamado “San Marcos” si la memoria no me falla. Era un domingo, cerca del medio día y tuvimos la ocasión de asistir a una procesión maravillosa. 
Todos los moradores del pueblo salían de la iglesia portando la imagen del santo patrono del poblado, los hombres ataviados con camisas y calzones blancos y las mujeres con blusas y faldas del mismo color, con peinados multicolores y hermosas fajas tejidas, de color rojo, muy anchas, alrededor de la cintura. 
Todos llevaban velas encendidas y cantaban en náhuatl mientras recorrían las calles del poblado, lanzando pétalos de flores a la imagen y a sus portadores.
Seguimos a la procesión hasta una zona alejada del pueblo, a la morada de los “priostes” (no  recuerdo como se los denomina a estos personajes en esas tierras), Carlos estaba fascinado y el “Pollo” Corral no perdió la ocasión de filmar y fotografiar todo ese acontecimiento. Nos brindaron atole y pulque hasta reventar. A mi amigo Hernán  y al “Pollo” no les gustó el sabor desabrido y espeso del atole y una vez que apuraron a duras penas, la primera calabaza de aquel producto, no querían saber nada de tomar una segunda dosis. Carlos estaba furioso; consideraba que si perderíamos la confianza de nuestros anfitriones perderíamos también la ocasión de seguir registrando todos los detalles de esa fiesta con la minuciosidad de dedicados antropólogos. A él y a mí nos tocó beber atole hasta quedar empipados.
Al “Pollo” le fascinó en cambio, el pulque. Ese producto, es lo que acá se conoce como tzawar mishke, miel de cabuyo, una chicha que se obtiene de  la fermentación de la savia del agave. Ese líquido una vez destilado da origen al tequila, pero en su estado inicial es un producto espeso, baboso y viscoso, una suerte de jugo de guanábana, algo fermentado y sin azúcar.
También tuvimos que beber docenas de calabazas de pulque; los cuatro tuvimos una fuerte diarrea en la noche, luego de nuestra aventura en las inmediaciones de San Marcos.
En otro pueblito, cuyo nombre se me ha olvidado ahora, descubrimos -como de costumbre- una gigantesca iglesia en medio de la pobreza de todas las edificaciones restantes. 

En la fachada principal fue increíble encontrar las imágenes de dos santos tallados en piedra que -al “Pollo” se le ocurrió- representaban a “San Mario” y a “San Hernán”, barbado y con sombrero de paja el primero, con pelo largo y bigote el segundo. Posiblemente eran las tallas de dos encomenderos o bucaneros y no de dos santos varones, pero ahí estaban “nuestras imágenes” que supongo eran suficientemente respetadas por los moradores de esas tierras ya que habían sobrevivido no solo a la colonia y todas sus injusticias, a las guerras de independencia, a la revolución de los cristeros, las balaceras de la revolución mexicana y a los saqueadores del patrimonio.


Aspiro que sigan bendiciendo esas serranías pues no tenemos desde acá ninguna otra forma de pagar la generosa acogida que nos brindaron los habitantes de todos esos pueblos.
Luego de esos días llenos de incontables experiencias y vivencias, nuestra “catrel” decidió que quería quedarse en tierras totonacas y se negó a arrancar una mañana. El “Pollo” y Hernán regresaron en bus y Carlos y yo nos quedamos para tratar de reparar la camioneta. Intento vano e infructuoso. En esa zona  sobraban los herreros pero había total escasez de talleres mecánicos y tiendas de repuestos (de “refacciones”, como llaman en México a esos insumos) Tuvimos que abandonar allí el vehículo y Carlos regresó varios días más tarde con un mecánico y las piezas requeridas para repararlo.
El viaje de regreso fue casi una epopeya. Nuestros acompañantes partieron con lo mínimo indispensable pero a Carlos y a mí nos tocó cargar con todo el campamento, incluyendo un bidón con cinco galones de pulque que el “Pollo” había comprado en alguno de esos pueblos y que -nos hizo prometer- lo llevaríamos a la ciudad de México.
Luego de varios trayectos en camionetas, camiones, buses y omnibuses que nos llevaron de San Marcos a Ahuacatlán, luego a Zacatlán, a Puebla y al Distrito Federal, llegamos por fin a nuestra casa en “El Altillo” Cada vez que Carlos se descuidaba, yo vaciaba algo del contenido del bidón de pulque en alguna alcantarilla; su peso era colosal y nosotros ya estábamos suficientemente cargados. Pero una promesa es una promesa y el “Pollo” recibió algo más de dos galones de su famoso pulque para compartirlo con los amigos. Todos lo encontraron delicioso. Parece que la fermentación adicional lograda  por el calor y el traqueteo del viaje le confirió un gusto excepcional.
Lindos recuerdos. Una experiencia inolvidable.

Quienes deseen escuchar a Vicente Fernández cantando “La ley del monte”, pueden conectarse a: